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I racconti del Premio Energheia Europa

Ceniza y hielo de Pablo Matilla_Mieres(Asturias).

– Finalistas Premio Energheia Espana 2012_

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No se trata de otra cosa: traer aquí, a este lado, un mundo próximo al que
todos vivimos, pero donde siempre hay pequeñas piezas que no encajan. Lo
intuyo con el deseo y la seriedad de quien aún no ha perdido nada, como un
niño que observa arder por vez primera la luz a manos de su padre. Entonces,
y esto es lo más difícil, algo emerge, trasciende de un lado a otro.
Para concentrarme –porque, en efecto, se trata de un ejercicio de
precisión– pienso en el frío. En icebergs. Es la mejor manera de atisbar el
límite.
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Allá donde esté, pongamos por caso que en una pequeña plaza, de ésas
rodeadas por balcones bajos con balaustradas de hierro forjado, pienso que
viajo por el infierno a bordo de un iceberg. Pienso que no se deshace gracias a
que lo protejo del calor, y que viajo sobre él a través de un mar de lava y
fuego. Siento los vapores de azufre penetrando en la nariz y el calor rebotado
desde los edificios, el hielo y la escoria de un volcán desconocido inundan el
lugar. A través de esta prueba imposible, el iceberg llega hasta la plaza.
Comienza tímidamente a existir en el reverso del lugar. La lava, que sirvió solo
como enemigo para darle vida, abandona despacio la plaza, y deja en el
ambiente ese aire cálido de las bocas de los volcanes, pero sobre todo el olor
lejano e intempestivo de la ceniza, rodeando siempre al iceberg, como
otorgándole con una magia contradictoria el frío que necesita.
De algún modo, sé que allí, en aquel momento y en aquella plaza, hay
un perro con su lengua rosada tirando de un dueño aún medio dormido, una
pareja fumando en las escaleras de la iglesia y un kioskero colocando los
periódicos. Desde el iceberg soy capaz de verlos, aunque estoy más atento a
ese otro envés de la plazoleta, con su olor a ceniza. Intuir esto es como llevar
de la mano un hilo finísimo, una frágil tela de araña que sostiene los pilares del
mundo, pues nunca sé a ciencia cierta cuándo puedo abandonar el iceberg y,
simplemente, dedicarme a que los demás lo aprecien. Cuando la suerte
acompaña, como en este caso, sucede que noto a todos más cercanos, como
cuando se hunde la mano entre las piezas desunidas de un puzzle, más
próximos que nunca: a la vieja que barre ante su comercio, al hombre de la
esquina que vende ceniceros de hojalata, a la cajetilla de tabaco volteada
despacio por el viento. De esta manera percibo, con el miedo a cometer un
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error y que todo se venga abajo, que puedo continuar adelante. Pero es así
como suceden las cosas cuando el hielo ha discurrido entre la lava.
Hay instantes propicios para que los cimientos de este frío sean recios,
para que el iceberg pueda presidir la plaza y que el objetivo sea cumplido: que
otros también lo sientan. Que otros puedan ver también la montaña de hielo
azul y blanco que se ha adueñado de la plazuela, con su figura escarpada y
ártica, tras haber hundido ya varios barcos.
Para entonces ya no resulta tan inusual que dos ancianos conversaran
confusos en torno al enorme témpano de hielo.
¿No notas algo extraño hoy?
Sí, algo raro hay en al ambiente.
Serán los de la confitería, que han vuelto a hacer tarta de manzana.
Los viejos olisqueaban el aire antes de que yo me acercase a ellos y les
pusiera una mano sobre el hombro, con mi mejor sonrisa.
No es la tarta de manzana, ¿no ven, no ven el iceberg? Justo aquí, en el
centro de la plaza. Lo he imaginado yo, ¿ven?
Y ellos asentían con el ceño fruncido por el blanco resplandor de
aquella escultura de hielo.
A saber cuánto hay aún bajo tierra, dijo uno.
Quién sabe cuántos barcos habrá hundido, dijo el otro.
Cuando la plaza ya tiene su iceberg y su pareja de ancianos, cuando ya
hay un lugar y alguien que se ha fijado en él y en su aura aterida, es tiempo de
explicar cómo la luz matinal caía sobre la fachada de la iglesia, después de
reflejarse y confundirse en los témpanos del iceberg, mientras los viejos lo
observaban con mis manos sobre sus hombros.
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Es una luz extranjera: recién llegada de un largo viaje, cubierta de sudor
en la comisura de sus extremos, venida hasta la fachada de la iglesia a través de
veleros, océanos, como un náufrago que tose sal en una isla desierta y que, a
pesar de estar sin aliento aún puede levantarse y bailar, tropezarse con sus
múltiples piernas sobre la fachada de la iglesia.
Porque hay veces en las que un parque o una plaza, si el deseo y la
seriedad han sido reales como el mundo que los ha de acoger, no son más que
una fruta madura que hay que tomar del árbol y morder. Inspirar el olor
extraño a ceniza y a volcán que a veces traen los icebergs a los lugares en los
que surgen, y esperar a que todo se vaya uniendo, despacio, con la lentitud y
alegría de un nacimiento.
De igual modo que los ancianos (hay que ir haciendo pequeñas grietas,
que la luz entre desde un lugar desconocido), un muchacho rubio, blanco y
norteamericano apareció una mañana, con ese aire de haber conquistado
mujeres esquivas y ambiguas sólo con un gesto de su rostro flaco.
Y como la luz era propicia, podía también irrumpir casi sin quererlo una
de esas mujeres fatales, con ojos de avispa y cintura de gata, y caer rendida al
encanto de aquel lugar sólo por el bloque de hielo errabundo que yo había ido
construyendo allí.
Restaba que, al menos a través de la luz que bailaba en la fachada de la
iglesia, todos los que habitaban día a día aquel lugar también lo vieran –que el
límite de ambos lados, de ambos mundos, dejara de una vez de serlo–. Tal
vez, quién podría asegurarlo, como un signo de que todo iba por buen
camino, sucedió que la mujer fatal y los dos ancianos comenzaron a hablar.
Qué vestido rojo más encantador, le decía uno. Y ella estallaba en una
risa fina mientras el rubio norteamericano los observaba desde lejos,
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frunciendo el ceño con las manos en los bolsillos y el pie derecho apoyado en
la pared, un poco enfadado porque esta vez sus gestos no habían tenido
efecto.
Ni este iceberg podría hacerte sombra, le decía el otro anciano y ella
ladeaba la cabeza para semejar picardía.
En la plaza, lentos como el otoño, fueron transcurriendo los días. El
rubio americano se olvidó de la mujer fatal y se hizo amigo del kioskero, a
quien intentaba, en vano, explicar las reglas básicas del béisbol con apenas
cuatro o cinco palabras en español. Golpeaba una bola de aire con un bate
imaginario, luego jadeaba con las manos sobre las rodillas y, por último,
ambos se reían como si la bola hubiera roto una ventana o golpeado la calva
de algún hombre indefenso. Por otro lado, la mujer fatal se dejaba querer por
los dos ancianos y los tres iban juntos a misa los domingos por la mañana, en
los que yo tomaba café solo y leía en la terraza del bar, afanándome en que el
hermoso bloque de hielo no perdiera un ápice de brillo, y que el tenue olor a
ceniza y lava no se disipara.
Parecía que el tiempo se hubiera remansado en aquel lugar, como si la
plaza fuera una presa donde cada día llegaran litros y más litros de horas
azules y frías.
Pero una tarde inesperada, alguien vino a abrir aquella presa.
Una mujer salió de la confitería provista de una bandeja con una
enorme tarta de manzana. Aquel olor dulce y sinuoso, de infancias y cariños
desconocidos para mí, inundó el aire. La mujer fue repartiendo un pedazo a
todos los que estábamos en la plaza: a los dos ancianos, a la mujer fatal, a la
pareja que fumaba en las escaleras de la iglesia. Toma, escritor, coge un trozo,
me dijo a mí. Y yo obedecí embobado. Fue entonces, o al menos así quiero
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recordarlo yo, cuando el tiempo se desencadenó, y mientras todos
masticábamos aquella masa dulce y olorosa, de fruta madura, fue cuando un
hombre con su hijo se detuvo en medio de la plaza, dudó un instante y dijo:
—Mira, ¿ves cómo baila la luz sobre la iglesia?
Y el niño y los dos ancianos y la mujer fatal asintieron ante aquel brillo
que no paraba de moverse, como reflejado desde algún lugar sin tiempo.
Mientras el padre hablaba y levantaba su brazo para señalar el lugar exacto,
justo en ese momento, tras un chasquido de madera, apareció en el cielo una
bola de béisbol con sus costuras de hilo rojo, que salvó el obstáculo del
iceberg y, describiendo una parábola perfecta, fue a romper el cristal de uno
de los pequeños balcones que rodeaban la plaza, mientras el rubio americano y
el kioskero no paraban de reírse. Todo había sucedido a un tiempo: el sabor
dulce y amplio en la boca, el olor a manzana recubriéndolo todo y el cristal
roto y la luz y las risas.
Yo me levanté preparando ya mi mejor sonrisa y, mientras me dirigía
hacia donde estaban los ancianos y la mujer fatal, bajo el iceberg, contemplé
por fin arder la luz.