Energheia Europa, I racconti del Premio Energheia Europa

Rosauro, Bárbara Sánchez_Madrid

Ganador Premio Energheia España 2023

Ese es el sitio ideal. Entre la albahaca y el aloe vera, ahí es donde voy a dejar plantado a Rosauro. Tengo una maceta redonda en el balcón, lo suficientemente grande como para enterrarlo, voy a necesitar que sea realmente grande, pues Rosauro es corpulento. Fuerte. Gordo, para qué mentir, el tío más gordo con el que nunca he estado. Debajo del fregadero guardamos, guardo, ahora en esta casa solo guardo yo, una bolsa de sustrato, de tierra de calidad y con nutrientes, de tierra de la cara, de la que venden en el vivero, no de la barata, de la que se compra en los chinos. Que no se diga que no trato bien a Rosauro, que no se diga que no lo cuido como se merece. Vaciaré la bolsa de sustrato en la maceta, sobre Rosauro y sobre toda su corpulencia, sobre su gordura, y después lo colocaré, a Rosauro y a la maceta, a Rosauro en su maceta, en un rincón de semisombra; por nada del mundo me gustaría que se le achicharrara la piel. Sí, dejaré a Rosauro plantado en el balcón, al menos hasta primavera, para ver si florece o para ver si se muere.

Rosauro luce bien en su maceta. Rosauro luce erguido y luce solemne, diría incluso que Rosauro luce feliz. Lo afirmo con bastante convicción, a pesar de que no tengo forma de comprobar el estado anímico de Rosauro, pues Rosauro, además de lucir erguido y solemne en su maceta, luce también mudo. No sé si ha sido el shock por el cambio de temperatura o si es que le falta riego. Pero desde que dejé a Rosauro plantado en el balcón, hace siete días, en esta casa ya no se escucha su voz encharcada, su voz que me cuenta el nuevo reportaje que está escribiendo, que me relata el último halago de su jefe, que alardea de la entrevista que acaba de hacerle a ese escritor de renombre. Tampoco escucho ya sus discos de vinilo. Bunbury y Sabina y Leonard Cohen, sobre todo Leonard Cohen, han enmudecido al igual que ha enmudecido Rosauro.

Para acallar el silencio, he decidido tener la tele puesta todo el día, tengo la tele encendida de la mañana a la noche, siempre en el canal todo noticias. Nunca me ha importado demasiado lo que ocurre en el mundo, eso es algo que Rosauro solía echarme en cara, así que ahora debe de estar muy sorprendido en su maceta, sorprendido y mudo, al verme enchufada a la voz nutrida de los presentadores de noticias, pendiente de cada cosa que dicen, así desde que me levanto hasta que me acuesto.

No sabe Rosauro que la sonrisa que me aflora en los labios mientras escucho las noticias no tiene nada que ver con el anticiclón que se avecina, ni con el partido de anoche, ni tampoco con lo extraordinariamente bien que va el turismo, el nacional y el extranjero. Ignora Rosauro que la sonrisa que me trepa por las mejillas se debe a que, con él plantado en el balcón, Bunbury y Sabina y Leonard Cohen, especialmente Leonard Cohen, se han quedado por fin sin nada más que decir.

He tenido la delicadeza de cerrar las cortinas para que Rosauro no me viera desde el balcón, para que no tuviera que observar cómo llenaba siete bolsas de basura con todos sus discos de vinilo y también con todos sus libros, con Carrère y Céline y William Faulkner, sobre todo con William Faulkner. Mientras desaparecían, enterrados en el contenedor de reciclaje, los tres señores renombrados por los que Rosauro sentía verdadera devoción me echaron la misma mirada muda que me echa Rosauro por las mañanas, cuando salgo al balcón y le doy los buenos días y él se balancea hacia un lado para calentarse la coronilla rubia con los primeros rayos de sol.

Toda esa sabiduría, la musical y la literaria, que Rosauro me había dejado en herencia la he sustituido con potos y cintas y plantas del dinero, sobre todo con plantas del dinero. De todos los hombres que han venido a casa desde entonces, solo dos han alabado lo bonitas que las tengo. Otros cuatro me han preguntado por qué no hay ni discos de vinilo ni libros de renombre en mis estanterías. Tres más se han limitado a beber la litrona que les ofrecía, sin mediar palabra. Los dos más los tres más los cuatro, los nueve, eran espigados, resistentes y nudosos. Ninguno de ellos ha comentado nada sobre Rosauro porque ninguno de ellos ha llegado a verlo, tan inmóvil en su maceta, tan inmóvil y tan mudo y tan oculto tras las cortinas que yo siempre me acuerdo de cerrar cada vez que alguien viene de visita a casa.

Rosauro ha adelgazado un poco. Quién lo iba a decir el verano pasado, cuando compramos aquellas pesas, la bicicleta estática, la kettlebell y las gomas de resistencia, quién iba a decir que la solución a la gordura de Rosauro era una maceta, bolsa y media de sustrato de buena calidad, riego diario y un poco de semisombra en el balcón.

Rosauro ha adelgazado demasiado. Se le nota en el hueso de la mandíbula, que es más prominente, en el montículo de su pecho, que está más hundido, y sobre todo en la mirada, que me apunta como siempre, pero que lo hace más vacía.

Esto no me gusta, dice mi madre mientras asoma la cabeza por la puerta del balcón, que se abre con un crujido. Esto no me gusta, repite mi madre mientras le hunde a Rosauro el dedo índice en el tronco, que se está quedando seco y se retuerce de una forma muy poco elegante. Esto no me gusta, insiste mi madre mientras regresa al salón y le echa una nueva mirada a Rosauro por encima del hombro.

Esto no me gusta, dice mi madre, pero qué más da, si a mi madre nunca le gusta nada. No le gustaba Rosauro antes, cuando se sostenía sobre sus dos piernas, cuando estaba gordo y ponía sus discos de vinilo, todos aquellos domingos en los que después de la comida se entretenía hablando de política con mi padre, aquellas tardes en las que mi madre recogía la mesa sin abrir la boca, y yo los miraba a ellos hablar, tan muda como mi madre entonces, tanto como Rosauro hoy. No le gusta tampoco Rosauro ahora, cuando se retuerce enterrado en su maceta, cuando luce agostado y nunca dice nada, todas esas mañanas en las que dormita hasta el mediodía, todas esas tardes en las que me observa desde el otro lado del cristal, todos esos días en los que yo a veces ni me acuerdo de que existe y en los que yo otras capto su figura talluda por el rabillo del ojo y entonces, entonces sí, me preguntó qué será aquello en lo que Rosauro piensa.

El problema no es el riego, ni la luz, tampoco necesita una poda ni todavía es momento de trasplantar. Qué te pasa, Rosauro, le pregunto tras abrir las cortinas, después de una noche en la que han vuelto a estar cerradas. De la ferretería de la esquina me he traído un botecito de abono. Lo vierto entero y de un solo golpe en la maceta de Rosauro.

Algo le brota en el pecho a Rosauro. Es un capullo. Un capullo dorado que le birla destellos al amanecer. Lo veo por primera vez desde el otro lado de la ventana, sentada en el salón con mi taza de café en la mano, todavía a la espera de que el sol se infle lo suficiente como para poder salir por las mañanas a desayunar en el balcón.

Es pronto, así que Rosauro tiene aún los ojos cerrados. Rosauro dormita con los ojos cerrados mientras un capullo, un capullito dorado e intrigante, asoma en su pecho.

El capullo de Rosauro me obsesiona. Ya no me concentro en lo que dicen los presentadores de la tele. Había empezado a interesarme un poco por la inflación, por el precio del petróleo, por el auge de la ultraderecha y hasta por la crisis en Oriente Medio. Pero desde que a Rosauro le nace algo dorado en el pecho, vuelvo a no entender nada.

Apago la tele, la apago para siempre, pero ahora ya no tengo discos de vinilo con los que sofocar el silencio.

A Rosauro le gusta el abono. Se le ve más frondoso, más erguido, en el peso perfecto, en la postura correcta. He acabado con todos los botes de abono que vendían en la ferretería de la esquina, así que ahora los compro en otra que hay cuatro calles más abajo. Le echo abono los martes, jueves y sábados, lo riego puntual cada día y le podo todo aquello que le sobra tan pronto como lo veo asomar por su cuerpo.

Lo cuido con tanta atención que todas mis otras plantas, todas aquellas con las que llené los huecos de las estanterías, se han muerto precisamente ahora que es primavera. He perdido los potos, las cintas y las plantas del dinero, las primeras en caer fueron las plantas del dinero. También han muerto la albahaca y el aloe vera y los geranios que el propio Rosauro había plantado en el balcón con premura y con pericia, la primerísima semana en la que nos vinimos a vivir juntos.

Debería preocuparme por ello, debería quizás sentirme triste por tanta pérdida, pero lo único en lo que puedo pensar es en ese botón dorado alojado en el pecho de Rosauro. Esta mañana, mientras desayuno en el balcón porque ya hace tiempo para ello, palpita vociferante en el torso aún dormido de Rosauro. Sigue igual de brillante que el primer día, pero por más abono que le echo a Rosauro, por más que Rosauro se yergue y se rellena, el capullo no crece, ni se abre, aunque tampoco se marchita. El capullo es una protuberancia estática que lo único que hace es brillar.

Le he pedido perdón, le he explicado que se me olvidó cerrar las cortinas, pero aun así ha preferido marcharse. Bosco era de los del tercer tipo de hombres, de los del buen tipo, de los que no preguntaban por los discos de vinilo, ni tampoco por las plantas, pues en esta casa ya no hay ninguna planta, a excepción de Rosauro, por la que preguntar.

Bosco era de los que se bebían la cerveza sin rechistar y después se quitaban la ropa sin tener que pedírselo. Pero entonces no sé qué pasó. Quizás me desconcentré. Diría además que Bosco no se manejaba tan bien como yo pensaba. Y desde luego ocurrió que a Bosco le molestaba la presencia de Rosauro. No podría precisar en qué punto de la noche su sombra entró desde el balcón y se estiró sobre el sofá, como si él también quisiera tenderse allí con nosotros. Bosco no lo soportó. Se levantó, se vistió, dijo que se iba. Yo le expliqué que Rosauro no hablaba, que Rosauro probablemente ni siquiera pensara en nada, que sería suficiente con cerrar las cortinas y que incluso podía bajar la persiana si él iba a sentirse más cómodo así, pero Bosco no se atuvo a razones y la verdad, la verdad sea dicha, a mí lo único que me importaba en ese momento era la yema dorada en el pecho de Rosauro, que brillaba más que nunca, más que ninguna otra noche y más que ningún otro día.

Hay algo en Rosauro. Hay algo en el tronco de Rosauro y quizás también en la sangre de Rosauro que no le deja crecer. Cojo las tijeras de podar. Las abro, las cierro de nuevo, calculo dónde cae el corazón de Rosauro y entonces apunto un poco más a la izquierda. Con tres centímetros de margen me basta para trazar un círculo alrededor del capullo atorado en el pecho de Rosauro. Él ya sabe lo que voy a hacer, ha tenido que saberlo desde que me vio salir al balcón pertrechada con las tijeras. Puede que incluso ya lo supiera, puede que ya lo sospechara, la primera vez que descubrió aquel bulto dorado que le abría el pecho. La primera vez que me vio observarlo desde el otro lado del cristal.

La punta de la tijera parece lo suficientemente afilada como para abrir un tajo limpio en el tórax de Rosauro. Eso también lo sabe él. A pesar de lo temprano que es, a pesar de lo mucho que a él le gusta dormitar hasta bien entrada la mañana, hoy Rosauro me mira con los ojos muy abiertos.

No te va a pasar nada, Rosauro, le digo con voz serena. Hay que sacarte esto del pecho, para que madure y para que se abra. Es solo un corte, sanarás rápido.

Rosauro no contesta. Rosauro nunca dice nada porque Rosauro solo escucha. Pero ahora sus ojos se han entrecerrado y, si en ese momento le hubiera dado por hablar, sé perfectamente lo que habría dicho porque sé de sobra que siempre fue un exagerado.

Hija de puta.

El metal rasca un poco al entrar, así que le imprimo algo más de fuerza a mis dedos para lograr la primera hendidura. Después, todo es mucho más fácil. Abrirle un agujero a Rosauro en el pecho se parece a partir de un solo chasquido un tallo reseco, a sepultar las manos en un pedazo de tierra mojada y blanda. Las tijeras se hunden con suavidad en Rosauro y yo destapo con ellas un círculo alrededor del capullo, que cae limpio sobre mis manos.

Con la yema a buen recaudo, vuelvo a fijarme en Rosauro. Él no me mira a mí, él solo mira su pecho. Parece sorprendido por lo sencillo que ha resultado todo. Ya le dije que iba a ser indoloro. Ya te lo dije, Rosauro.

Lo dejo ahí, con la cabeza gacha y unas gotitas de savia asomando desde el centro de su tórax.

El declive de Rosauro ha sido sorprendente. Por la mañana, cuando le saqué el bulto, estaba enhiesto y orgulloso. Ahora, ya de noche, su tronco ha vuelto a retorcerse y la cabeza y las extremidades le cuelgan lánguidas, como si llevara meses sin que lo regara, como si ya no hubiera esperanza para él.

He guardado el capullo en el dormitorio. Lo he dejado en un tarro de cristal, lleno de agua tibia hasta el borde, en un rincón tranquilo y luminoso donde por fin pueda madurar. Brilla fuerte, demasiado fuerte, brilla como si quisiera decirme algo, aunque yo no consigo entenderlo. Desde el otro lado de la puerta noto su zumbido y no sé si es mejor eso o el silencio. Me asomo al balcón para preguntarle a Rosauro, me asomo a pesar de que es inútil, me asomo y veo que él lleva un agujero sin tapar en el pecho y una expresión en el rostro que yo ya no alcanzo a ver.

Juzgado de Instrucción núm. 23

Diligencias Previas núm. 37/2022

Don Alfonso Riera Ceballos, Procurador de los Tribunales, en nombre y representación de doña Liliana Acevedo Caneda, comparezco ante el Juzgado y, como mejor proceda en Derecho, DIGO:

Que al objeto de aclarar los hechos que han dado lugar al presente procedimiento, así como de acreditar la inocencia de mi representada, esta parte interesa aportar a las actuaciones los extractos del diario personal de doña Liliana correspondientes a las fechas comprendidas entre el 15 de febrero y el 28 de mayo de 2022. Asimismo, es voluntad de esta parte hacer constar:

Primero. Que las anotaciones realizadas en el referido diario acreditan la total inocencia de mi defendida en relación a los hechos objeto de investigación. Doña Liliana fue la primera sorprendida cuando, la mañana del 29 de mayo, se asomó al balcón de su domicilio, sito en la calle del Almendro núm. 12, y halló el cuerpo de don Rosauro Pomar Codeso inerte sobre la vía pública y cubierto de sustrato para plantas de interior. Esta parte subraya que mi representada, debido a su ligera complexión física, y al contrario de lo afirmado por la Fiscalía, habría sido incapaz de arrojar por el balcón a don Rosauro, de 1,80 centímetros de altura y 93 kilos de peso, así como la maceta de terracota de 80 centímetros de diámetro que se encontró rota al lado del cadáver.

Segundo. Que las observaciones hechas por doña Liliana en su diario reflejan que el estado anímico de don Rosauro sufrió, en el periodo previo a su muerte, un patente deterioro que viene a corroborar la hipótesis del suicidio sostenida por esta parte. Ello a pesar de las atenciones y cuidados prestados por mi representada, sin duda diligentes y que incluso iban más allá de lo esperable habida cuenta de que don Rosauro y mi defendida ya no eran pareja sentimental.

Tercero. Que en ningún momento mi representada muestra rencor, inquina o cualquier intención dolosa de causar daño alguno a don Rosauro. El episodio de la extracción del brote incapaz de madurar (páginas 7 y 8) es una operación que, junto con el riego diario y el suministro regular de abono, resulta necesaria para asegurar un crecimiento adecuado de la planta. Asimismo, la frase «dejaré a Rosauro plantado en el balcón (…) para ver si florece o para ver si se muere» (página 1) no revela intención homicida alguna; la alusión explícita a la muerte de don Rosauro se utiliza en un sentido figurado y, por lo tanto, debe interpretarse como una mera licencia poética de mi defendida.

En virtud de todo lo expuesto,

SUPLICO AL JUZGADO: Que teniendo por presentado este escrito, lo admita y, en su virtud, se sirva tener por aportada la prueba documental que aquí se acompaña.

Es justicia que pido en Madrid, a 9 de junio de 2022.