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I racconti del Premio Energheia Europa

Humanes Bespin, Raskolnikov Ivan – Barcellona(Spagna)

 

 

NO HAY NADA mejor que el disparo matutino para despertar. Más aún si el disparo se da en el puente de K***.

“Raskolnikov”, cantan las aves cuando despegan del río.

“Raskolnikov, Raskolnikov, Raskolnikov”, tras el disparo.

Hace ya unos meses que el puente de K*** es agua en calma, cadáveres en la orilla, cocodrilos. El negocio de las armas ya no es una buena opción desde que no se puede viajar. Y todo por ese mínimo detalle que hace que el mundo haya muerto, que quizás sólo yo, es decir, Raskolnikov, sea el único y exclusivo habitante. Por ello sobreviene el disparo a las 9.11 horas cada mañana, para despertar a lo que permanece en estado de relajación: mente, aves y demonios. Claro, luego sobrevienen las carreras por la gran avenida, dejando un coche quemado a un lado, al otro, y vigilando no caer y ser apresado por las bestias que quizás corran detrás intentando darme alcance para luego acabar con lo único que representa la vida y la esperanza del hombre, es decir: yo. Raskolnikov, la culpa.

Debería explicarse cómo sobreviene ella, la señorita Freud.

Aquella que me soporta y espera en el piso franco de la tercera calle que da a la avenida. Siempre con un espíritu envidiable, por su reposo y su pasmosa calma. Hay que ir hacia atrás.

Veintitrés días. Cuarenta. Antes de que todos descansaran en el barro. En la consulta del médico, ella tan de cera, uno sin nada más que ofrecerle que un futuro, pues las armas dan ventajas. No sólo son viajes, aquí y allá, ver mundo, pequeña Freud, sino poder manejar. Poder manejar, pequeña Freud. Y más tarde los dos (oh, casualidad) en el mismo taxi, encerrados en mi paraíso, con las ventanas del piso franco tapadas y riendo y consumiendo marihuana y café en polvo y charlando durante días mientras en la calle unos contra otros, mundo no muerto, como mínimo guerra zombie. Por ello que tras el disparo a las 9.11 horas y el correr sin freno por la gran avenida, abrir la puerta del edificio, subir las escaleras de dos en dos, apartar los carritos de la compra que actúan a modo de primera barricada y entrar en el piso, cerrar, disponer las armas en la entrada y acudir junto a ella.

-No tardarán, ya te lo he dicho –explicarle. Situarse detrás del sofá del comedor con el arma apuntando, por si los demás, y decirle: -Lo mejor: en la primavera huir de la ciudad, aquila una casita en la playa, lejos de ramas rotas, perdida y perdido en la arena. Cuidar un par de perros, bajo el sol. Tú y los perros y el sol.

A mí siempre me ha chiflado el cine y esas cosas, aunque no se tiene tiempo para todo si uno tiene la obligación de darle al avión y explicar los catálogos de nuestros productos en la otra parte del mundo. A mi pequeña Freud no le interesa. No le interesa ni el cine ni la filosofía ni otros chismes. Mi querida Freud prefiere la filosofía zen, descansar los ojos en la arena, imaginar que la rastrilla una y otra vez. Cosas de familia. “Tu padre debió ser Jung”, le bromeo, pero no entiende. “Sí, debió ser Jung, estoy seguro, fue Jung, Jung, Jung”. Nada. Y uno se pregunta el motivo del fin, y lo mejor es no preguntárselo; pues es evidente que el motivo principal es el azar, un dios que se confunde y en vez de dar, quita. Como un caer de vaso en el suelo y romperse en mil pedazos porque el movimiento del brazo se descuida en la mesa y ya está bien de tomar pero que al fin cae y lo que te rodea es cristal en pequeños, mínimos trozos, aburridas papelinas. Pero tampoco nos preocupamos por ello. Asumimos las consecuencias, sin más. De la misma forma que ella acepta que cada mañana yo acuda al puente de K*** para reafirmarme en vida, consiento que prefiera quedarse con la sonrisa de palo, sola, en casa, cuidando arañas.

Pese a que nunca me han alcanzado, pese a que quién sabe dónde se esconden los malditos monstruos que toda ciudad muerta debe ocultar en sus entrañas.

Jugamos al ajedrez. “Freud y Raskolnikov juegan partidas rápidas de ajedrez detrás del sofá”. Podría ser un buen titular para un diario. “A veces follan. Y a veces no”., el subtítulo.

Si es que a alguien de los que tienen la cabeza dentro del río le interesase la lectura y las jodiendas. Si pudieran leer. Si hubiera diarios. Si alguien perdiera el tiempo con la escritura y acaso hubiera más ojos que los nuestros. No hay más ojos que los nuestros. No más ojos que los míos. Que sus ojos acuáticos. Jugamos partidas a cinco minutos, a lo sumo diez.

Habitualmente gano. Salgo con peón de rey, e4. No puedo evitar ganar. Ella con su cabecita zen no piensa en posibles variantes, no discurre de forma lógica; su pensamiento suele ser lateral, una enorme pausa lateral. Y le explico el por qué de mi nombre, que es el nombre de un personaje. Y le cuento lo de la culpa del hombre que es la gran culpa de Raskolnikov tras haber matado en la novela de su autor ruso a una viejecita sin querer, o queriendo pero sin desearlo, casi sin quererlo. Y no lo comprende. Y estamos a oscuras. Una ceguera controlada.

Esperamos a oscuras. En la reclusión a oscuras esperamos el sonido, a los otros.

-La culpa universal descansa sobre los hombros de Raskolnikov, que son mis hombros –le digo mientras reviso que la escopeta esté cargada, por si los demás irrumpen rientra jugamos.

Cabello corto, barniz y manos frías y alargadas, manos de hija de doctor. Esos son los rasgos físicos que podrían definir a mi Freud, lúcida en los momentos de estrés. Como cuando salí por primera vez del piso, tras el desastre, y la vecina del primero –la otra, así pues: tres-, que seguro que vigilaba tras la mirilla y que tanto se parecía a mi madre de joven, salió también de su piso y bajó las escaleras, persiguiéndome.

Persiguiéndome con la boca muy abierta. Demasiado abierta.

Una de las últimas supervivientes. Y en la persecución silenziosa ella que giraba la cabeza y como me veía a mí detrás, continuaba con ese seguir. Pegajosa. Allá donde iba yo iba ella. Puaj. Es cierto que comenzó a correr y yo tuve que hacer lo mismo, y ahí se produjo todo el lío, que si ella se giró y señaló a lo lejos, al puente de K***, como reprochándome algo, y yo preguntado que por qué el seguimiento, ese marcaje que ella me hacía, la boca demasiado abierta, demasiado, y entonces vino a mi mente Raskolnikov y que quizás lo mejor pam, palo y fuga. Acabado irreversiblemente el enredo de mi perseguidora me di cuenta de hasta dónde había caído el hombre, la ciudad estaba muerta, en las calles solo había cuerpos lamentables. El hombre nadaba en un precipicio. Fin de las sonrisas francas. Pues, pese a todo ello, como iba diciendo, Freud es una persona lúcida en los momentos de estrés: una vez regresé al piso y tras contar lo sucedido, la vecina y el cuello que crac, la ciudad sin vida, no dijo nada. Otra podría haberse tirado de los pelos y provocar un cisma en nuestra dependencia, pero ella no, ella era la calma personificada, el nirvana, una Nevada desierta de ideas.

No ha habido conversaciones con otras personas (reconocidas oficialmente, digo, por los dos). Nuestra ausencia es, digámoslo ya, casi total. El propósito principal es rebajar tensiones con el disparo matinal. Tentar a la suerte. Llamar. Escuchar a los pájaros cantar lo de Raskolnikov. Es posible que la horda salga un día de estos de sus alcantarillas y vayan a por uno tras la detonación, pero hay que probar.

Quién sabe si puede haber más vida. De la misma forma que nosotros hemos conseguido la supervivencia sin hacer nada, otros podrían haberlo hecho. No practicamos en su momento ninguna estrategia extraordinaria. Nos apartamos del mundo durante un mes y algo, delirios y demás, algunas drogas. Nos anudamos al cordón umbilical del otro. El supremo hacedor quiso durante nuestra ausencia una ciudad repleta de buitres. Sabemos racionar las existencias, pero los buitres nos merman la moral. Son los buitres los que han revuelto los procedimientos de la lucha que conocíamos. Esperan. Los buitres esperan y el disparo revuelve. Al final de la pista de baile comienza el puente que da al bosque.

Como hicimos antes, ahora jugamos a ajedrez. Jugamos.

Los dos jugamos a ajedrez. Cavilamos lo de la extrañeza de la vida, consumimos cigarros entre divagaciones y jugamos a ajedrez. Soy yo el que le pone el cigarro y le abre los labios y le pone el cigarro y mueve su cabecita y saca humo por las narices y mueve el peón, el caballo, se enroca. Pasamos las horas vigilando la puerta de entrada y jugando. Y de toda esta situación lo que me parece más peliagudo es contarle a Freud lo de la otra – la cuarta, tres más uno -, la compañera de trabajo que hace poco se ha mudado a la finca, la que fui a recoger a la otra punta de la ciudad y acompañé en bicicleta hasta aquí, la que quizás tenga ese mirar de Freud y esas manos también de cera y se oculte gracias a mí en uno de los bajos de la finca, seca como un palo. Me gustan las chicas secas como un palo.

Pero Freud no debe temer nada, nosotros dos para siempre, Freud y Raskolnikov, Raskolnikov y Freud. A la otra procuro verla tan sólo al despertar. Digamos que es oficial. Al no ser oficial para Freud, no existe. Pero es ella la que se escurre hasta nuestra habitación. Descoordinada. Con mi Freud dormida y todo. La que me acaricia antes del beso y el disparo matinal y corretea por el techo y se esconde tras la mecedora. La que me dice que debo estar en el puente de K*** a las 9.11 horas. La que me pide que olvide a la que duerme a mi lado”.Ya pasó”, llegó a decirme un día al oído. Pero yo quiero a Freud más que a todas las otras. La sinceridad ante todo.