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I racconti del Premio Energheia Europa

Las que no aman, Maria Zaragoza_Sevilla

_Por Oliveira sin Sena

 

alberi9_Tania se sienta en el suelo y el vestido blanco se extiende a su alrededor. Con el auricular del teléfono inalámbrico pegado a la oreja, escucha atenta la respiración del otro lado que susurra te quiero, Tania, no puedo permitir que esto termine así. Y ella guarda silencio, el corazón en vilo como quien tiene un presentimiento oscuro. Gerardo coge por la muñeca a Verónica, dice no te vayas con desesperanza y ella niega con la cabeza, no Gerardo, no esta vez. La habitación que decoró Verónica, los libros de Verónica, los cuadros que pintó Verónica, todo le es extraño a Gerardo, como si no hubiesen compartido nunca esa casa, ni esos objetos, ni ninguna parcela de sus vidas, como si esa casa que ella deja fuese abandonada por la dueña y no por la inquilina. Ahora que todo se acaba, está claro que Verónica ocupó los espacios, llenó los huecos, invadió su existencia. Y Gerardo lo permitió sin más protestas, para hacerla feliz, supeditando sus preferencias a las de ella. ¿Qué va a ser de mi vida sin ti?, y la voz de Gerardo coincide con las palabras que escucha Tania del otro lado de la línea, palabras en las que busca unos restos de angustia, unos posos de falta de decisión adivinados entre las sílabas, pero no los encuentra. Está sola en la habitación con el perro de su hermana, un mastín enorme con cara de viejo borracho apoyado en su vestido blanco desplegado, y el teléfono tembloroso en la mano derecha. Tartamudea un poco cuando empieza a decir que la vida sigue, que después de ella hay otras cosas, otras mujeres, las actividades que abandonó cuando empezaron su relación, los amigos… pero la voz del auricular la interrumpe metálica y despersonalizada, no, Tania, no, voy a acabar con esto de una vez, la mano de Gerardo sostiene un cigarro sin encender. Pasea la vista por el salón comedor del piso que ha compartido hasta ahora, recordando aquella vez que conoció a Verónica hace muchos años, o quizá no tantos, cinco a lo mejor, la costumbre borra las cifras exactas, la cafetería en la que ella estaba sentada con la melena pelirroja cayéndole por la cara, dándole vueltas a la cucharilla de café con leche y sacarina, oliendo a cama recién hecha por las mañanas, mirando al vacío con sus ojos verdes anegados de lágrimas, el tirante izquierdo levemente caído del hombro. Y el recuerdo de su olor le hace preguntarse cuándo dejó de oler a cama recién hecha y empezó a oler a otras camas distintas de la suya. Y no es capaz de responderse mientras se enciende el cigarro y suelta Tania despacio el humo del suyo. La voz mecánica y lejana no tiembla, no duda, está decidido, va a hacerlo. Se encuentra ella a sí misma rogando al hombre que dejó hace unas horas que no coja la cuchilla, sabiendo que es inútil, que ya la tiene en la mano, que no tiembla ni duda, que está cubierto como su voz de una decisión que no va a poder romper. Aun así no se da por vencida y ruega no lo hagas, Pedro, hay otras soluciones, no sé, lo siento yo… yo no quería hacerte daño, y la voz pero me has dejado porque ya no me quieres y Tania se pregunta si hubiese sido mejor engañarle y Gerardo piensa que al menos Verónica ha sido sincera. Le ha descrito con todo lujo de detalles la razón por la que se va. Con más detalles de los que Gerardo hubiese deseado, por supuesto, pero Verónica siempre da más explicaciones de las necesarias, habla todavía, sigue hablando de pie ya. Y Gerardo desearía poder centrarse en el recuerdo de esa cafetería y esas lágrimas de hace cinco años cuando él se acercó y le preguntó ¿estás bien?, en vez de en la voz femenina que le habla del otro, más alto, más guapo y compañero de trabajo en el instituto. Pero no puede, y se siente en el instituto él también, pero como alumno, cuando era el “Canijo” de la clase y ninguna chica se fijaba en alguien con ese apodo. Pedro, yo te dije la verdad… me acosté con otro, no podía engañarte y Tania sabe que es cierto lo que está diciendo, que no hubiese sido capaz de ocultarle semejante cosa, aunque el tío en cuestión fuese uno cualquiera de esos que pasan pastillas en las discotecas, aunque se lo hubiese llevado a la cama porque no podía más, porque necesitaba una buena excusa para dejar a Pedro, porque se portaba tan bien que había terminado por detestarlo. El mastín levanta la cabeza, se pone de pie y sale de la habitación. Ni siquiera los perros quieren estar con ella. Tania se siente mala, malvada. No ha tenido reparo en ir a contarle su aventura a Pedro después de quitarse en la ducha el olor del otro, por lo menos ha tenido la decencia de arrancarse su perfume de la piel, sin embargo Verónica no mostraba ningún reparo en meterse en la cama con Gerardo oliendo a colonia de hombre. Y decía que estaba agotada de corregir exámenes. Como si Gerardo fuese tonto, lo que pasa es que tragaba, claro, porque los libros y los cuadros y la decoración eran de ella. Y él se había doblegado al gusto de Verónica, por y para Verónica, y se había callado sus gustos, y silenciado sus opiniones, y todo porque ella, aquel día en la cafetería, le había dicho que no, que no estaba bien, y se había abrazado a su cintura para seguir llorando. Apaga el cigarro, la colilla quema el labio inferior de Tania, que también lo abandona en el cenicero recordando cuando Pedro apareció de improviso en su vida. Se acababa de morir su padre y ella estaba sola, sentada en un banco frente a la iglesia, incapaz de entrar a que le diesen el pésame. Las lágrimas le rodaban por la cara y Pedro se sentó a su lado, le ofreció un pañuelo y le prometió no dejar que volviese a llorar nunca. Y Tania le creyó, ¿por qué no?, y se acostó con él esa misma noche sin saber que contraía una deuda al dejar que le limpiasen la lágrimas de aquella forma. Voy acercando la cuchilla a mi muñeca, ¿quieres oír cómo me corto?, la hoja hace un sonido silbante al rasgar la piel, como cuando divides en dos jirones una tela con las tijeras. Pero todo fue muy diferente de lo esperado en principio. Cuando pasó el dolor inicial de la pérdida, lo sustituyó la insatisfacción vital que él le provocaba doblegándose siempre a lo que ella deseara y luego haciéndola sentir culpable por ello. Utilizaba su sumisión como chantaje. Pero claro, Gerardo le había prometido a Verónica hacer todo lo posible por verla feliz y lo había hecho aquella misma noche que siguió al día del café, en la cama, después de haber hecho que el sexo se intercambiase con la tristeza durante unas horas. Y ahora ella se lo echa en cara, te preocupaste en limpiarme las lágrimas, pero no en saber las razones de que estuviese llorando. Y también en el fondo eres un egoísta, te hacía sentir bien consolarme sin entender nada, sólo me ayudaste para sentirte mejor contigo mismo y Gerardo se cuestiona si debería preguntárselo ahora. Y lo hace, ¿por qué llorabas aquel día en el café? Verónica se echa a llorar como hacía cinco años que no lloraba, al menos delante de él, tarde, Gerardo, muy tarde. Y a Tania le parece escuchar el silbido de la cuchilla cuando Pedro del otro lado de la línea, de la calle y pareciera que del otro lado del mundo, describe los dos cortes verticales que se acaba de hacer en la muñeca izquierda. Es como si la carne se abriera para dejar paso a la sangre, es como si estuviesen bailando las dos primeras gotas, que se buscan por encima de la piel. Es como si me fuese a marear, piensa Tania, que no puede ver sangre ni real ni imaginada ni pintada, hasta el punto de haber perdido el conocimiento en una exposición de Frida Kalho. De tal forma que el corazón se le acelera ante la culpabilidad del suicidio retransmitido y del mastín prófugo y la vista se le nubla porque ha sido ella, al decirle que no le quiere y que por eso se ha acostado con otro y que si no fallase algo no lo hubiera hecho, la que ha provocado esta situación, todo esto. Desde el principio, llorando en el banco, esperaba en realidad que alguien se acercase a consolarla. Y fue Gerardo el que tuvo la desgracia de enamorarse de las lágrimas de Verónica y no cualquier otro. Aunque quizá cualquier otro le hubiese preguntado por qué lloraba. Y entonces hubiera sido diferente, la casa hubiese sido de los dos y no sólo de ella, y no hubiese tenido que hacer esos enormes esfuerzos por tenerla siempre satisfecha a costa, a veces, de su propia felicidad. Pero es que una relación como la suya era una competición constante sin vencedores ni ganadores, sólo con perdedores vencidos. Porque, cuando esto ocurría, Gerardo no perdía la ocasión de echárselo en cara. Para que valorase su esfuerzo quizá. Su esfuerzo nulo, porque estaba focalizado en lo inadecuado, en lo superficial en vez de en las razones. Adiós Gerardo, me voy, no puedo más. Me he acostado con otro porque ya no te quiero. No ha significado más que eso, y eso ya es mucho. Me ha dado la excusa necesaria para marcharme. Tania recuerda sus palabras de esta mañana, frías, sinceras, consecuentes. Y se imagina a Pedro ahora, lleno de rojo, desangrándose poco a poco por su causa, por su frialdad, su sinceridad, su congruencia. Y se ve a sí misma sola en la casa de su hermana con el vestido blanco puesto, me voy a casa de mi hermana dice Verónica, e imagina el vestido blanco manchado de sangre, salpicado como el de la izquierda de Las dos Fridas que vio este año en Arco antes de desmayarse. Llama al mastín, su única compañía, que se fue hace rato, pero no vuelve. Empieza a ver luces, ya no escucha a Pedro, el teléfono inalámbrico se le escapa de la mano, la cabeza golpea las baldosas y retumba en la de Gerardo el portazo de despedida de Verónica que se lo ha dejado todo menos lo puesto, sus cuadros, sus libros, su vida en común, como si fuese a volver mañana (como si a Gerardo le quedase la vana esperanza de volverla a ver entrar) o como si no quisiera volver a recordar jamás los últimos cinco años. El humo del siguiente cigarro forma torres imaginarias en el aire, construidas de nada y sin cimientos, frágiles como su relación con la mujer que acaba de salir por la puerta como lo haría una desconocida. Eso han sido los últimos cinco años: una larga noche de borrachera y pasión de la que acaba de despertar para encontrarse acostado con alguien que no conoce, que no recuerda. Una mujer que se convertirá en olvido al marcharse para no volver nunca. Si al menos hubiese cambiado la pregunta… pero no lo hizo y ahora ya no tiene remedio. Si hubiese cambiado la pregunta quizá hubiese llegado a conocerla, quizá ella se hubiese quedado también para la resaca. Pero ya se ha ido y Gerardo se va a fumar este cigarro y va a salir a la calle para pensar mejor, aunque la lengua del perro de la hermana es cálida y le cuesta un poco volver en sí a Tania que, al pronto, no sabe dónde está, ni quién es, ni qué ha pasado. Pero recuerda poco a poco la habitación de invitados de la casa de su hermana mayor, y la sangre del vestido blanco de Frida Kalho gemela de sí misma en Arco, y el mareo, y el haber dejado a Pedro para no hacerle daño por no quererlo. Y el suicidio, la voz mecánica y el silbido de la cuchilla imaginada o intuida, caen sobre ella como una pesadilla. Coge el teléfono inalámbrico, pero se ha cortado la comunicación, o peor, un inmenso silencio se abre desde el auricular, interrumpido quizá por un goteo que cree oír y, si no, inventa. Llama a Pedro varias veces, pero no obtiene respuesta, Pedro, Pedro, contesta, me estás asustando. Nada. Se pone en pie. El vestido sigue siendo blanco y la cabeza le da vueltas del golpe. El mastín la mira moverse de un lado a otro. Intenta pensar, pero es imposible en ese cuarto, sola con el perro. Coge las llaves. No sabe a dónde va, pero sí que necesita salir. Corre. Corre por la calle sin rumbo fijo, precipitada, medio ciega de temor. Huye de la idea de que Pedro se haya matado por su culpa. Intenta no ser atrapada por el sentimiento derrotado que empieza a entumecerle las piernas, lo que provoca que, finalmente, la idea sea más rápida y le dé alcance, deteniéndola en seco para llenarla de tristeza. Se queda quieta, con el vestido que tanto le gustaba a él (aquel primer vestido blanco del banco frente a la iglesia, en contra del luto de la ocasión) cayéndole por encima de las rodillas, acariciándoselas con su débil balanceo. Es lo único que se ha llevado esta mañana. Se lo ha dejado todo, los libros, los discos, las figuritas de arcilla que solía hacer, las películas que coleccionaba, los apuntes de Historia del Arte, las fotos, los recuerdos. Es como si no quisiera nada, como si se hubiese convertido en una fugitiva. Se sentía una delincuente por haber dejado de amar. Y ahora, una asesina además. Está parada delante de una cafetería que huele a churros y a grasa pero que, a pesar de todo, resulta acogedora con sus abuelos jugando al dominó y tomando chinchón. Entra sin saber muy bien lo que hace, empujada por la inercia de la culpa. Se pide un café con leche y sacarina y se sienta en una mesa. Recuerda el pañuelo que le ofreció aquel día Pedro, cómo lo mantuvo doblado en el sujetador junto al pecho izquierdo durante meses, y decide que tiene que llamar a una ambulancia. Una ambulancia, claro que sí, ¿cómo no se le había ocurrido antes? Tiene que pedir una ambulancia antes de que sea demasiado tarde. Debería haberla pedido por el móvil mientras hablaba con él. Pero los nervios la bloquearon. Los nervios, el miedo, la culpa… Marca el número y escucha una voz impersonal que pide datos en vez de razones y un nudo de angustia se le desliza por la garganta. Cuando da la dirección en la que solía vivir con Pedro cree que no va a poder terminar la frase porque el nudo le ahoga la voz y le acelera el pulso. Cuelga y se echa a llorar como una niña, con el pelo por la cara. El tirante del vestido se desliza suavemente por el hombro. Gerardo tiene un cigarro encendido y la mirada perdida del que sale a pasear y se queda sin tabaco. Tira la colilla al entrar en la cafetería del final de su calle e introduce tres monedas en la máquina que hay junto a la puerta. Pulsa el Mallboro, su tabaco, gracias. Mira a su alrededor mientras lo abre. La chica del vestido blanco que hay sentada en una de las mesas da vueltas a su café con leche como Verónica hacía hace cinco años en esta misma cafetería. Y, como ella, también llora. Gerardo piensa que podría acercarse a su  mesa y ofrecerle un pañuelo, es guapa y parece tan triste, o quizá preguntarle si está bien. O enmendar con ella el error que cometió con Verónica y preguntarle algo no tan obvio: la causa de sus lágrimas. Le acariciaría el pelo, la besaría, le prometería hacerla feliz para siempre, es tan sexy el tirante desmayado del hombro izquierdo. Se la llevaría a su hogar y dejaría que invadiese su vida en sustitución de los cuadros y los libros y las cenizas que su amante se ha dejado en casa. Sí, haría todo eso. Pero deja de mirarla, se da media vuelta y sale a la calle con el fin de llegar a casa, llamar a Verónica y describirle por teléfono su fingido suicidio, para hacerla sentir culpable de no haberlo querido nunca.