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I racconti del Premio Energheia Europa

La silla menguante de Xavier Miralles Serran_Sabadell(Barcelona)

Finalistas Premio Energheia Espana 2015.

1crplPadreFiglio[1]Aquella mañana no pasó primero por el baño, como era habitual desde que
cumplió los setenta. Su ritual en el espejo para ver cómo habían crecido sus
inseparables arrugas se eliminó de la lista. Aquella mañana fue directamente a la
cocina sin hacer sus necesidades, a paso rápido pero entumecido y torpe por las
horas de inactividad.
Llegó sobresaltado y abrió la puerta con la respiración acelerada, esperando
encontrar a la mujer que venía todos los lunes, jueves y viernes para adecentar un
poco los rincones. Por suerte allí estaba ella, preparándose para fregar los platos
con el delantal estampado de siempre que pronunciaba su cuerpo de mediana
edad. Al ver la cara de él con aquella expresión de terror, la mujer se asustó y se
quedó sin saber reaccionar durante unos segundos. Él, empapado de sudor en el
cuello de su pijama de viejo, se sentó como pudo en una de las sillas de la cocina.
Ella, aparcando su tarea con los platos, se acercó y le preguntó con dulzura si se
encontraba bien.
—He tenido una pesadilla horrible. De verdad, jamás había sentido algo así.
No podía respirar ni despertarme, casi me ahogo.
—Bueno, tranquilícese. Ahora está aquí conmigo, no hay de qué
preocuparse. Ha sido un sueño, pero ya ve que todo sigue como siempre. Aquí
estoy, dándole a la cocina —le dijo ella sonriendo mientras ponía la mano sobre su
hombro.
Él la miró intranquilo, buscando en ella la realidad necesaria para
deshacerse de aquella fatal sensación que todavía le acompañaba. Ella se agachó
para situarse a la altura de su mirada y le cogió las manos para apretarlas con
fuerza. Él sintió su calor y le vino un aire del perfume que utilizaba. No era muy
sofisticado pero siempre le había parecido agradable. La mujer sonrió de nuevo y
él advirtió arrugas en las yemas de ella, fruto de un exceso de tiempo bajo el agua.
A pesar de haberse tomado la tila que le preparó, él no había sentido alivio
de la angustia con la que había despertado. No podía dejar de mirar las paredes de
la cocina, con aquellos azulejos pálidos que nunca le habían gustado y que
llevaban allí desde antes de que llegase a esa casa. La única suerte que había
tenido la cocina era el buen gusto de Aurelia, que colgó algunos cuadros que
conseguían compensar la fealdad que allí reinaba. Desde que ella falleció él no
había tocado nada de lo que colgaba en esas paredes; todo seguía igual. Se quedó
embelesado mirando uno de los cuadros, su preferido, que mostraba un gran
campo con balaustras vivamente florecidas. El paréntesis de su congoja terminó
cuando ella interrumpió el silencio al empezar a fregar los platos de nuevo.
—Ayer cenó otra vez ese puré extraño de manzana, ¿verdad?
Se volvió para mirarla y, en el breve trayecto que hizo su cuello desde el
cuadro hasta su nuevo ángulo de visión, recuperó el desconcierto y el extraño
temor. Ella seguía de espaldas, con el lazo del delantal moviéndose a lado y lado
con el traqueteo del ancho cuerpo al aclarar los platos.
—La próxima vez que se lo coma podría al menos pasarle un agua y así me
ahorraría tener que frotar tanto para rascar los restos.
—Sí —respondió él pasándose la mano por la frente para quitarse el
sudor—. Normalmente lo hago, pero ayer no me sentía demasiado bien y quería
acostarme.
—Un señor de su edad debería saber que los platos se tienen que dejar un
poco más limpios o en remojo. Esto es una cochinada.
Él no supo qué responder. La verdad es que normalmente habría tenido
una respuesta para una cosa así, pero aquella mañana no pudo hacerlo. Empezó
incluso a sentir vergüenza por lo que ella le había dicho y regresaron los sudores.
En pocos segundos volvía a tener en su mente los restos de aquella pesadilla que
no lograba recordar pero que seguía presente en su ánimo. Movió su cuerpo
intentando encontrar comodidad en la silla, pero se dio cuenta de que las patas de
madera estaban flojas. Se apoyó con el hombro en el respaldo para que su vista
pudiera alcanzar la base de mimbre. Advirtió que parecía mucho más pequeña de
lo que recordaba, y empezó a sentir incomodidad en sus flacas extremidades.
Pensó que tal vez estaría más aliviado si conseguía alcanzar el pequeño
cojín que colgaba del respaldo. A Aurelia le gustaba hacer cojines cuadrados para
las sillas. Los ataba con unos lazos finos que permitían dejarlos colgando para
ponerlos y quitarlos cuando el dueño del sillín quisiera. Pero para él estaba siendo
difícil alargar el brazo. Tenía miedo de hacer demasiada presión con su espalda y
que las patas cedieran finalmente, lo que le ocasionaría un buen trompazo. Alargó
su mano temblorosa y logró coger el pequeño cojín que estaba cubierto de una
funda hecha con una vieja sábana de cama. Su brazo estaba más tenso de lo que
había previsto, pues parecía que la silla había encogido un poco más. Giró la
cabeza prudentemente para calcular cómo ponérselo sin levantarse demasiado,
pero una de las patas hizo un extraño sonido amenazante. Soltó el cojín y a la vez
el aire que contenía en los pulmones.
—¿Es que no va a parar quieto? —Le dijo ella con un tono alterado mientras
soltaba unos cubiertos—. A ver si voy a tener que enseñarle a comportarse.
Se quedó un poco desconcertado. No fue por la pregunta ni por aquella
frase amenazante. Le pareció que el tono con el que le había hablado no era propio
de ella, de esa mujer que siempre tenía cuidado con los objetos de su hogar y que
le tratabas con delicadeza. Más bien había sonado a una queja irritada y bastante
insolente. Él le dijo que perdón, que todavía se sentía un poco alterado.
—Al final va a conseguir que levante la voz. ¿Podría estar callado mientras
hago mi trabajo? Su desagradable tono desgastado me molesta.
Se quedó sin palabras. El lazo seguía moviéndose a lado y lado y esta vez le
pareció que el nudo estaba mejor hecho. Se dio cuenta de que llevaba mucho rato
limpiando platos y vasos y que la tarea parecía no tener fin. Movió de nuevo las
piernas en busca de una pizca de confort, pero el creciente encogimiento de la silla
no le dio tregua. La presión del pecho no se había atenuado, así que levantó un
poco la cabeza —intentando no hacer mucha fuerza con el cuerpo en el ya
pequeño respaldo— y un nuevo quejido de la madera le detuvo. Pensaba en
levantarse, pero la idea de abandonar el asiento le producía temor. Se sentía
pequeño y ridículo en aquella estancia de su hogar y la silla era lo único que le
hacía sentir un poco más seguro. Él, que había sobrevivido a una guerra y que
había movido montañas.
Al volver la vista hacia ella, que parecía ajena a todo lo que estaba
sucediendo, él se sobrecogió. La mujer ya no tenía la misma espalda ancha que
antes y una marcada curva descendía desde el contorno de su pecho hasta la
cadera. Se fijó en su pelo moreno, que ahora parecía más brillante y que se
balanceaba espesamente cada vez que dejaba algo de la vajilla en el montón seco.
Y fue en uno de esos movimientos en los que vio que sus manos estaban lisas a
pesar de llevar más tiempo en el agua. Ella se dio la vuelta.
La chica —porque ya no era la mujer— se quitó el delantal y se secó las
manos con un movimiento vivo. Dio unos pasos hacia él y dobló con agilidad la
tela estampada, atándola con los cordeles. Se la dejó en las rodillas y le pasó la
mano por el escaso pelo con condescendencia, deteniéndose en un mechón
especialmente débil. Su tersa piel brilló ligeramente en el último movimiento que
hizo antes de salir de la cocina.
Los pasos de ella se alejaron por el pasillo en dirección a la puerta de salida
y él se quedó sentado en aquel pequeño trono tambaleante, escuchando el hasta
mañana que dijo ella antes de cerrar la puerta del hogar, convertido en redil.