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I racconti del Premio Energheia Europa

Barba infinita, Alejandro Morellón_Madrid

Finalista Premio Energheia España 2019

Ese que está dentro de la barba espesa es el antiguo profesor Hegelman. Creo que es alemán. Los brazos que sobresalen de entre la vorágine de pelo blanco y enraizado (un barba inconmovible, estoica, muy poco transparente) son los suyos. ¿De quién es esa pelambrera sin límites que le rodea? Es la del propio Hegelman; una barba que se dejó crecer a mitad de los setenta y que le dio fama de erudito y conocedor de su materia, aunque todos ignorábamos de qué cosas sabía, si es que sabía de algo. La barba, que
empezó siendo una mosca bajo el labio inferior, y que luego pasó a ser un chivo, y que luego fue llamada pelusa, barba de dos días, barbita, y que más tarde pasó a ser simplemente barba, le dio ese aire intelectual, algo izquierdista, revolucionario, algo de soviético quizá, y un no sé qué de persona inteligente.
¿Cuál es la historia? Así, sin más preámbulo: que la barba empezó a apoderarse del profesor. Los alumnos de su clase no hacían más que mirar la manera en que la barba se le movía al hablar. Quedaban, según sus propias palabras, «embelesados» por la cantidad de pelo acumulado bajo y sobre su cara. Ya no era Hegelman sino la barba de Hegelman, un hombre pegado a su barba, como si el hombre constituyese la parte adherida y no al revés, como si a cada barba le creciera un hombre, un apéndice con brazos y piernas y sistema locomotor. Aquel era el sueño de la barba, volverse notoria, suplantar la identidad del buen profesor, establecerse en la supremacía más absoluta. El pobre Hegelman, en su propio delirio de popularidad, no vio venir las intenciones. Engañado, iluso, creyó ser portador de una joya exclusiva, del símbolo de soberanía. Cuánto cuidaba de su barba mientras esta, espíritu enmarañado, se adueñaba del cuello, de la zona debajo de las orejas, anexionaba espacios en el mentón, crecía. Hasta que al final fue más la barba que Hegelman.
¿Que cómo se lo tomó? Escucha. Él se sentía frustrado e intentó desmarcarse, hacía planes sin consultarle a la barba, besaba a una chica y con una mano apartaba la mata de pelo. A veces se detenía frente a la puerta del barbero para amenazarla y casi la notaba temblar sobre su cara. Le parecía estar dominando la situación. La recortaba a diario y así se imaginó que la aleccionaba; quería darle conciencia de los límites y de una humildad que la barba no había conocido nunca. «Tú eres porque yo te dejo crecer en mí», le dijo un día mirándose al espejo, y la barba pareció entender pero en realidad se estaba dando cuenta de cómo funcionaban la gerencia y la autoridad en el mundo. Había que hacerse grande, obtener reputación. La barba se hizo vanidosa, se hizo fuerte, creció aún más, se volvió pelirroja y llamativa, mullida, suave al tacto. No creas que no sé de lo que te estoy hablando. La barba se resistía a su exterminio.
¿Y después? Él quiso afeitársela, muchas veces, pero no pudo o no se atrevió, a fin de cuentas formaba ya parte de su vida, a la barba debía gran parte de sus conquistas y su aspecto de persona sensata e ilustrada. Despojarse de ella hubiera requerido coraje, independencia, autonomía moral. Llegó a preguntarse: «¿qué sería yo sin esta barba?», y concluyó que perderla era el equivalente a perder la reputación, pero que conservarla
significaba perder el orgullo propio. Así, entre que se decidía o no, la barba continuó expandiéndose en el rostro y el cuerpo de Hegelman, envolviéndolo con arrobo, eclipsándolo, dándole una apariencia cada vez menos de persona y cada vez más de estepicursor. Imagínate al pobre Hegelman rodando como una planta rodadora por los pasillos de la facultad. ¿Que qué hacía? Y yo qué sé, pasear, alardear de vello crecido,
dárselas de académico hirsuto sin importarle la ausencia parcial de cuerpo y de dignidad.

Nadie quiso decirle nada pero tampoco él se dejaba recomendar, pareciendo como parecía satisfecho con su transformación y su distanciamiento antropomórfico.
Como ya no podía impartir clases dedicaba todo el día a rondar por las aulas desocupadas y a deambular por los jardines del campus; se apoyaba cuan largo era sobre los escritorios de la biblioteca mientras intentaba leer algún clásico por entre la mata de pelo. A veces se le encontraba en la cafetería, solo y con los ojos apenas visibles, sorbiendo el café con una pajita larga que atravesaba toda la pelambrera hasta llegarle a los labios. El rector le dejaba estar ahí porque daba buena imagen. Decía que le confería a la universidad una apariencia como del renacimiento, «ya sabéis, largas barbas y hombres sesudos». «¿Pero qué hombre?», le preguntaban. «Ya sabéis, el que está ahí dentro».
Yo no sé cuál fue el momento en que Hegelman perdió completamente su
identidad, entre qué años se dieron los intercambios de fuerza, pero la verdad es que un día tras otro la barba comprendió el pleno sentido del poder. Se hizo con el profesor y le mantenía con vida solo por necesidad. Necesitaba que las manos siguieran alimentando su ego de barba rala, necesitaba aún del cuerpo de Hegelman para subir escalones y dejarse
admirar por todos los rincones de la universidad, necesitaba una cabeza sobre la que sustentarse, para seguir siendo barba. Una barba parasitaria pero barba al fin y al cabo. No se sabe si Hegelman ha terminado por rendirse o aún anda confabulando, tramando el mejor modo de deshacerse de ella. Pero ahí sigue, míralo bien, por aquí se desliza otra vez,
como ensimismado, ya apenas se le ven los brazos. Cualquiera diría, al verle asomar una mano y rascarse, que está pensando profundamente en algo. Pero lo único que hace es acariciarse, una y otra vez, la barba infinita. ¿O es la barba la que le acaricia a él?