La sutileza del hilo gris, Aurora Burrieza_Madrid
Ganador Premio Energheia España 2025
Lo primero que se descosió esa primavera fue la funda del sillón, el de orejas que conseguimos en una tienda de antigüedades. Era lo más valioso que teníamos; ni siquiera compramos una televisión. ¿Para qué? Con estas vistas, una caja boba sería un insulto a nuestra casa, dijo Dante cuando lo planteé, y tenía razón. Desde la ventana del comedor, las montañas nos engullían, recortaban el cielo a trasquilones como unas tijeras de podar que nadie afiló; indómitas y de cien aristas. Generaban un contraste tan agresivo como dulce con la iridiscencia del cielo en los primeros días de junio.
Cuando vi el descosido en la funda, no le di importancia. Busqué un imperdible en el cesto de costura que heredé de mi madre y lo utilicé para que el agujero no se hiciese más grande. Poco después, se desgarró del otro lado, y también del respaldo, de forma mansa, casi imperceptible. La llevé a remendar y abrigamos de nuevo el sillón con ella, pero por la mañana volvía a estar rota. Dante se empeñó en que había que tirarla y yo le prometí hacerlo, pero la coloqué en el fondo del armario, donde guardábamos las mantas de invierno.
Lo siguiente que se descosió, fueron las cortinas. Aquella noche, Dante volvió a llegar tarde a casa. Cuando le pregunté, me dijo que había ido a tomar una copa con Marcelo, un compañero de trabajo que había tenido un bebé hacía poco más de un mes. Le dejé que se duchase y se pusiera el pijama, que eran solo unos calzoncillos limpios y raídos y se la chupé. Me sorprendió que se corriera; seguro que ya lo había hecho poco antes de llegar a casa. Después, me acosté a su lado y le di la espalda. La piel se me encrespó cuando noté su abrazo, aunque no supe identificar si fue por rechazo o por la excitación que me provocaba la sacudida de los últimos acordes.
Al día siguiente, antes de que el atardecer llegase y me quedara a oscuras, intenté arreglar las cortinas. Una estaba descolgada y con la cabecera deshecha; podía arreglarse. Otra estaba intacta, y el resto, raídas. Los hilos asomaban, tímidos, por las zonas más ajadas y cortejaban la escisión de la tela que, además, había perdido el color. Las cortinas sí las tiré. Me quedé dormida en el sofá y desperté a las tres de la mañana con la espalda dolorida por la postura. Dante no había venido a dormir, así que arrastré los pies hasta la cama con los ojos medio cerrados y me froté las piernas para que las sábanas no estuvieran tan frías. Cuando me estiré, medio en sueños, mi dedo gordo se enredó con algo. A las sábanas les había salido un agujero.
Pasaron días hasta que decidí tirarlas, total, Dante ni siquiera se dio cuenta de que estaban rotas y yo me entretenía metiendo los dedos de los pies en los agujeros que cada día eran más grandes. Ni siquiera se percató de que los muebles también comenzaban a deshacerse. Un día, cuando caminaba descalza, me pareció notar algo parecido al serrín en las plantas de los pies y encontré montoncitos de polvo en la alfombra que hacía la vez de colchón para la mesa del comedor. Lo recogí, pero poco después se llenó de astillas marrones colocadas en fila entre los pelos sintéticos. Me senté con las piernas cruzadas en frente de la mesa durante un rato y la observé mientras me comía una pera que estaba a punto de pudrirse. En algunas zonas faltaban trozos de madera y, si quitaba alguna de las astillas para no pincharnos, salían otras diez o treinta. Mi día transcurrió entre astilla y astilla y, para cuando Dante llegó, no quedaba nada de la mesa y había un montículo de trocitos irregulares de madera encima del recogedor. Él no la miró, y eso que a mí me parecía una obra de arte; distinto número de esquirlas en cada zona de un volcán deshonesto, mismas probabilidades de sangrar al tocarlo.
La destrucción de la mesa de centro encabezó una cadena elegante y confusa de desconchones en las banquetas de la cocina y la mecedora de la entrada, brechas en la estantería de nuestra habitación y grietas en los radiadores, que dejaron un charco de agua caliente sobre el parqué y unas paredes frías. Entonces, yo también empecé a tener frío.
La única planta que teníamos se descompuso. Cubrió el suelo de hojas amarillas y me costó varios días quitar por completo la mancha de tierra húmeda y fértil.
El día que se rompió nuestra cama, desperté con el pulso atropellado. Algo rugía fuera de casa. Me puse la bata y las zapatillas de estar por casa y fui corriendo hasta el ventanal del salón.
Cuando me asomé, las montañas también se estaban descosiendo. A la más grande le faltaba un trozo de ladera, como si la hubiera mordido un animal muy grande, las rocas caían una detrás de otra por el declive irritado y, piedra a piedra, con movimientos sublimes, se fueron deshaciendo hasta quedar reducidas a un cúmulo de tierra: un conjunto de pedruscos bajados a plano para que fuesen, de esta forma, más fáciles de colocar por quien los estuviera observando. Mientras presenciaba esa devastación ordenada y los gestos recortados del paisaje que entonces era mío, hice café amargo en una vitrocerámica portátil que aún no se había rasgado y fumé el primer cigarro desde hacía años. El humo absorbió el ajetreo anárquico de las rocas y los árboles y, tras extenderse por mi salón, quedó retenido como merecía: en su apogeo.
Dante llevaba días sin venir a casa cuando las estaciones se comenzaron a descoser. Fue como presenciar un estallido de furia ajeno con los oídos debajo del agua y los ojos semiabiertos, como pasar las páginas de un libro tan finas que están a punto de deshacerse; como nadar a braza hasta que las extremidades se entumecen y el cuerpo se queda flotando en el agua, agitado a su antojo. Fue la promesa que se esconde entre dos copas a punto de brindar y que nunca se dice en voz alta.
La luz era cada vez más tenue y los colores menos vivos y, al caminar, me rozaban en la frente y en los brazos hilos que no veía. Puede que fuera su forma de transmitirme el enfado. A veces me sorprendía una ráfaga de aire caliente, o frío, o ambos a la vez: una fuga de realidad o un suspiro borroso.
Hace semanas que Dante también se descosió, pero, en su caso, todo fue mucho más rápido y no tan majestuoso. Un día llegó de un viaje de trabajo y le saludé de forma monótona, sin levantar la vista de la pila de cacharros que estaba fregando en un barreño, porque el fregadero se había convertido en una montaña de virutas de metal. Me agarró por la espalda y, al zafarme, se me quedó enganchado el hilo que precede a las ruinas. Me miró con unos ojos rebosantes de olvido y unas arrugas donde habitaba el paso del tiempo. Tiré del hilo, un poco aposta y un poco por accidente, y fue como quitar la ficha clave en la torre del Jenga, esa que hace que todo lo demás se derrumbe. Pasado el punto de no retorno, sin más explicación que mi mirada atravesada en su entrecejo, se deshizo como un muñeco de trapo, reduciéndose a un montón de hilo que después recogí. Tiré a la basura los ojos y las uñas y seguí fregando.
Hoy, mientras me miraba al espejo entre montoncitos de tierra, astillas y serrín muy bien colocados, he visto un descosido chiquitito debajo de mi hombro izquierdo, entre el pecho y la espalda. Hago café mientras lo acaricio. Me siento en el suelo y miro por la ventana, aunque hace tiempo que no veo nada a través del cristal. Después de tomarme con calma el café, dejo la taza a un lado y me levanto con cuidado para que el desgarrón no se haga más grande. Abro el armario blanco, que está lleno de restos de materiales, y cojo el ovillo que dejó Dante, el de color gris clarito, a juego con la alfombra sintética. Es sutil; me gusta. Además, las puntadas son fáciles de dar con hilos de colores pálidos. Destapo la caja de costura y enhebro la aguja.




