El lagarto, Pablo Rubio_Trujillo
Finalista Premio Energheia España 2025
En el supermercado no vi al lagarto. Lo juro, amigas. Fue al llegar a casa. Mientras sacaba la compra de las bolsas de plástico. Primero los congelados, luego los refrigerados y, por último, los productos a temperatura ambiente. El tarro de aceitunas estaba en el fondo de la tercera bolsa. Cuando lo alcé, me pareció ver algo alargado, extraño, impropio. Me fijé mejor. Lo removí. Allí estaba. El lagarto.
Tuve que deshacerme de él desde un primer momento, lo sé. Será lo primero que me digáis. Pero, ¿cómo podía hacerlo? Conocéis bien a Isidro, sabéis cómo se hubiera puesto. La reprimenda que me habría caído. Si es que no te fijas en nada, vas con la cabeza en las nubes y cualquier día de estos nos darás un disgusto. Esas cosas tan… suyas. Y cuando se pone así para qué queremos más. Eso es lo que él necesita, que le dé esto —esto os digo—, medio dedo, no necesita más para ponerte la cabeza como un bombo. Y no creáis que luego no lo sacará cuando mejor le convenga para restregarlo por la cara. Ya os imagináis. Así es él.
Además se habría quedado sin sus aceitunas. Con lo que le gusta ese momento del día. Su programa favorito en la televisión. Sentado en el sofá, con la cerveza recién abierta y el cuenco de aceitunas.
La parte de arriba no había tocado al lagarto. Estaba casi al fondo flotando como si fuera la rama de la que se han desprendido el resto de los frutos. Abrí la tapa, vacié un poco el líquido y fui cogiendo con una cuchara las aceitunas de la parte que había quedado libre de salmuera. Se las eché en su cuenco de porcelana, aquel que compramos en un viaje a Lisboa hace años. ¿Recordáis las fotos que os mandé? Ese bikini me quedaba tan bien…
La cosa es que coloqué el cuenco junto a la cerveza en la mesilla y luego me senté a su lado. Él cogió el cuenco y comenzó a comerse las aceitunas una tras otra, sin apenas separar la mirada de la televisión. Temía que pudiera saber raro, que aquel bicho hubiera dejado algún matiz, un regusto extraño en el sabor de las aceitunas. Pero Isidro no hizo ningún gesto de asco. La salmuera debía haber distorsionado su cuerpo hasta volverlo inconfundible al sabor de siempre.
Cuando terminó, dejó el cuenco junto a la cerveza.
—¿Cuándo estará la cena? —preguntó.
—En un rato, cariño —respondí.
Cogí el cuenco y lo llevé de vuelta a la cocina. Me quedé mirando los huesos por un momento. No podía creerlo. De verdad se lo había comido. Tiré los restos al contenedor orgánico y me sentí más liviana, como si me hubiera librado de un cadáver.
Los días siguientes tampoco logré deshacerme del lagarto. ¿Y qué habríais hecho vosotras? Isidro se había jubilado hacía menos de un año y, desde entonces, no salía de casa ni para hacer la compra. Podría haber ido a por otro tarro de aceitunas, sí. Aunque, ¿no resultaría extraño? Dos tarros en una misma semana. No se había visto una cosa así nunca. Aquello le descuadraría por completo, a él que tanto le gusta controlar las finanzas del hogar. Comenzaría a sospechar, y ya no habría vuelta atrás.
¿Decir que las aceitunas estaban malas? Imposible. Se las comió todas, como tantas otras veces. Debían estar como siempre. En esa mezcla de vinagre de vino y hierbas del campo: romero, orégano… qué sé yo. Con ese sabor tan característico que a mí hace que se me revuelvan las tripas. Aunque a Isidro, a él, le encantan.
Tal vez debí deshacerme del lagarto. ¿Pero cómo? Con mi mano no creo que lograse llegar sin desparramar todo el líquido. Tal vez con las pinzas de la carne. Pero si lo lograba capturar y extraerlo poco a poco hasta hacerlo salir al exterior, ¿luego qué podía hacer con él? Echarlo al contenedor, ¿no? Eso hubiera sido lo más lógico. Pero ¿y si a Isidro le hubiera dado por rebuscar en la basura? Con este hombre nunca se sabe. Un día puede estar tan tranquilo y al otro le da por hacer no sé qué cosa y una está perdida. Ya sabéis, tiene sus manías como cualquier otro.
¿Enterrarlo en una maceta, quizás? En alguno de los potos del baño o, mejor aún, en el gran ficus del salón. Pero, aunque excavara profundo, toda la hondura que tiene esa maceta, me daba miedo que el riego de cada pocos días lo hiciera emerger lentamente hasta quedar a la vista de Isidro.
¿Podría haberlo tirado por la ventana? ¿Hacerlo picadillo con las tijeras de la cocina? Sin embargo, ya lo conocéis vosotras. Le encanta meter sus narices en todas partes. ¿Y si justo ese día se le ocurría asomarse por la ventana a mirar pasar los coches? ¿O entrara en la cocina a servirse un vaso de agua? ¿Qué podría hacer yo? ¿Qué explicación tendría que darle? Ahora es muy fácil, me parece desde vuestras perspectivas, suponer y criticarme. Pero sé que hubierais hecho lo mismo.
Ya veis. No me vi en otra que seguir como estaba. Ocultando el bote al fondo del frigorífico. Y dándole las aceitunas más alejadas del lagarto.
No penséis mal de mí. Intentaba que fuera lo más limpio y agradable posible. Cada noche vaciaba un poco más el bote, tampoco mucho, no fuera a ser que las aceitunas se quedaran resecas y entonces Isidro se quejara y sospechara que algo estaba pasando. Solo un poquito más para que las del día siguiente no estuvieran ya en contacto con el líquido que bañaba al lagarto.
Jamás vi a Isidro comer tanta aceituna. Algunas noches me pedía hasta dos raciones. ¿Lo hacía por molestar? De alguna manera debía sentir que estaba nerviosa —yo, desde luego, andaba descompuesta— y lo exigía justo por eso. O tal vez el lagarto daba un regusto adictivo a las aceitunas y no podía dejar de comerlas. No lo sé. Pero yo me sentía mal, amigas, muy mal.
Nunca había sido tan complaciente con él. Ya sabéis, una siempre debe cuidar de su marido. Disponer las cosas para que sean lo más fácil posible, limpiar la casa y hacer la comida para que él se sienta bien. Pero a mí, algunas veces, no me apetece hacer según una u otra cosa, esos brotes de pereza, esa dejadez que nos da en algún momento a todas, ¿verdad? Y esto él lo nota y me suele llamar la atención. Yo creo que él no me quiere. Solo me quiere porque cumplo. Hago lo que una mujer debe hacer, y él vive cómodo. ¿Qué más se puede pedir? Pero esa semana… No paré. Sentía que le debía algo, siempre algo más, y me volví tan servicial que casi me convertí en su criada. Y para colmo, esto parecía hacerle sentir aún mejor.
Pues no os digo que una noche, cuando ya me disponía a llevarme el cuenco con los huesos de las aceitunas, me agarró de la muñeca. Así de sopetón. Él nunca me toca, solo me toca cuando le interesa y hace mucho que eso no le interesa. Así que me quedé muy confundida. Pensé que se había dado cuenta de algo, de mi nerviosismo o de aquel regusto extraño que debían tener las aceitunas. Cualquier cosa. Entonces me miró a los ojos. Yo me quedé callada.
—Hacía mucho que no estábamos tan bien, ¿eh? —dijo.
Me limité a mostrarle una sonrisa y girar un poco la cabeza, mientras me libraba de su mano y me escondía en la cocina.
Así como comía, con lo glotón que siempre ha sido, las aceitunas comenzaron a escasear. El cuerpo del lagarto se había hinchado de una manera atroz. La cabeza era una uva podrida. La mandíbula se asemejaba a la línea partida que suele formarse en algunos de estos frutos cuando absorben demasiado líquido. El resto del cuerpo parecía uno de aquellos muñequitos de gomaespuma con los que jugaban nuestros hijos. ¿Os acordáis? Los que se echaban en un vaso de agua y los observabas hincharse y, de repente, ¡pum!, un elefante, un coche de carreras o un rostro sonriente ocupaba medio recipiente.
Todo su cuerpo seguía allí, apelmazado al resto de aceitunas que quedaban, con el poco líquido que había logrado conservar. Y en los últimos días, me vi obligada a rozarlo con la cuchara y la sensación era asquerosa, de verdad, horrible. Algunos trocitos de su piel se desprendían y se mezclaban con el líquido haciéndose pasar por nuevas hierbas del campo. Me daban ganas de vomitar. Pero Isidro seguía comiéndose sus aceitunas con una indiferencia que me tenía desconcertada.
¿Qué debía hacer, amigas? ¿Qué hubierais hecho vosotras en mi situación? Todavía hoy me dan arcadas de pensar cómo acabó todo esto. Yo no quise. Lo digo de verdad. ¿Quién querría hacer una cosa así? Pero me vi obligada a hacerlo para que Isidro no se molestara.
Esa noche solo quedaban dos aceitunas junto al lagarto que parecía dormitar enroscado en el fondo del tarro. Primero saqué las aceitunas con la cuchara y las eché en el cuenco. Luego me llevé el tarro a la encimera. Me aseguré de que Isidro seguía con su programa, y dejé caer el lagarto en la tabla de cortar la lechuga. ¡Qué asco daba aquel bicho! Tan hinchado como estaba y con ese olor a salmuera que todavía me causa repulsa y malestar. Pero había que hacerlo. ¿Qué si no?
Cogí un cuchillo afilado y me dispuse a trocearlo. Primero separé la cabeza que quedó como una aceituna gordal. Luego dividí la cola en tres para que pareciera diferentes tamaños de una misma variedad. Las patas en dos, de manera que sus manitas podían pasar por algún enraizamiento peculiar. El cuerpo lo seccioné en cuatro con un corte vertical y otro horizontal. Realmente, viéndolo así, en conjunto, podía hacer pasar por un cóctel de aceitunas revenidas.
No os creáis que no me dio asco. Yo me tapaba la nariz con la mano libre, y aquel bicho repugnante se deslizaba por la tabla como huyendo de mis cortes. La piel cedía como goma podrida y un líquido amarillo se derramaba por la encimera. Pero una vez hecho pedazos, lo volqué en el cuenco de las aceitunas y se lo llevé a Isidro sin pensarlo mucho.
Me senté alejada de él.
—¿Qué te pasa? —dijo.
Este hombre parece que no atiende a nada, pero siempre tiene un ojo puesto en todo. De verdad os lo digo.
—Nada, es que ando un poco constipada y no te lo quiero contagiar —respondí.
—No sé cómo lo haces, pero siempre te pones mala.
Cogió el cuenco y lo revolvió. Miró al interior. Tragué saliva. ¿Por qué hizo eso? Él nunca mueve el cuenco y menos lo mira. Siempre lo coge, se lo come y lo vuelve a dejar en la mesilla para que yo me lo lleve. ¿Acaso sospechaba algo?
—¿Tan pocas aceitunas?
—Son las que quedaban, cariño.
—Joder, mira que te lo tengo dicho…
—Sí, lo siento. Mañana por la mañana iré a la compra.
Aquella respuesta pareció agradarle. Se calló. Volvió a mirar a la pantalla y se llevó una a la boca. Desde la distancia a la que estaba no podía ver si realmente aquello era una aceituna o uno de los pedazos del lagarto. Comenzó a masticar y a mí me subieron unas arcadas terribles. Escupió el hueso en el cuenco y se dispuso a coger otra. Cuando ya la tenía en la mano, comenzó a girarla, rozándola con la yema de los dedos, no sé si saboreándola antes de tiempo o dándose cuenta de que aquello tenía un tacto diferente. Se la metió en la boca y comenzó a masticar. Frunció el ceño, sonrió y comenzó a mascar más lento. No pude aguantar más. Me levanté y fui al baño.
Allí estuve quince minutos, sentada en el váter mientras intentaba tranquilizarme. Cuando salí, Isidro seguía mirando la pantalla. Se pasaba un palillo entre los dientes. El cuenco estaba sobre la mesilla. Me acerqué a recogerlo. Temía que se hubiera dado cuenta. Ya sabéis lo avispado que es a veces. Del sabor. Del tacto. O que mi indisposición le hiciera sospechar de todo este asunto. Lo que fuera.
—Hoy estaban fuertecitas —dijo.
—Es que eran las últimas del bote, cariño.
Cogí el cuenco y fui a la cocina.
Miré en su interior. No sé por qué lo hice. Tal vez para cerciorarme de que se lo había comido. Que no lo había dejado premeditadamente para, de algún modo, tenderme una trampa. Pero no debí haberlo hecho.
Junto a los dos huesos de aceituna estaba el cadáver troceado del lagarto. La carne mordisqueada dejaba entrever parte de los huesecillos. Me fijé en un trozo de piel que seguía intacto. Todavía se podía apreciar el contorno desgastado de algunas escamas.
No me arrepiento, amigas. ¿Qué hubierais hecho vosotras? ¿Cómo se podía salir de esta situación sin consecuencias? Realmente hice lo que cualquiera haría. Vuestras palabras no van a hacer que me sienta mejor ni peor.
No es por eso por lo que os lo cuento. No. Es que esto… y ahora quiero que por favor me escuchéis bien. Necesito vuestra ayuda. Esto, como decía, me ha provocado una inquietud terrible. Una duda que se retuerce en mi interior y no encuentro el modo de deshacerme de ella.
La cosa es: ¿cómo puedo vivir con un hombre que ha comido lagarto?




