Aborrecer lo aborrecible, Paula Pérez_Portugalete (Vizcaya)
Mençion Premio Energheia España 2025
I
El brazo pálido, una capita de vello liso y dorado frotado con delicadeza y gel de baño, brazo purificado tras la lluvia, cubierto de espuma burbujeante, una ducha pequeña —medio metro de largo y de ancho— que resulta la cavidad perfecta para albergar a este hombre santificado por la abstinencia, el decoro y la vergüenza. En la ducha me lavo cada día y salgo más limpio y beato. Aquí, bajo el chorro caliente, me consagro. Cierro el grifo. Huelo bien. El aire expande el tamaño de mis pulmones como cuando tomo una gran bocanada antes de entonar la primera nota. En la ducha rezo y me confieso. Es un lugar sagrado, de devoción. Oro con las palmas juntas y recuerdo aquel pasado en el que mi espíritu fue débil e hizo daño, destrozó los cuerpos de los demás y se llenó las uñas de carne y sangre. Me repito que el agua de cada día conseguirá lavarme. Abro la mampara y pongo un pie en la alfombrilla. Comienzo a secarme con la toalla y todo parece ordinario hasta que, de pronto, encuentro en mi brazo un crimen imperdonable. Lo miro fijamente. Aprieto los dientes y me arde la mandíbula. En silencio, observo cómo una lengua de suciedad traspasa los límites de mi cuerpo: un pelo de tres centímetros y medio, rizado, encogido sobre sí mismo, negro y grueso, un pelo que, examinado de cerca y por el cosquilleo contra mi brazo, es por descontado genital, ha caído zigzagueando desde la mampara de la ducha hasta mi brazo limpio. Pelo derramado del otro cuerpo que habita esta casa y que profana mi piel tan celosamente conservada. Un pelo de testículo contra la blancura.
II
No puedo concentrarme. Las paredes de la iglesia estrechan su humedad contra la tribuna del coro y apenas soy capaz de sostenerme. Las notas atraviesan mi garganta con ciertos temblores y mis compañeros, a mi lado, lo perciben. Ninguno de ellos es creyente, cantan en la iglesia por pura costumbre y no entienden mis fervores religiosos. No entienden lo que el canto supone para mí, hasta qué punto este nexo con lo divino me libra del Mal. Los ojos del director del coro también me examinan: él conoce mi fe y la considera un impedimento para mi canto, una mancha sobre los colores de mi garganta.
III
Entré a vivir en este piso porque, a mis treinta y dos años, no tenía apenas dinero y ni un solo ingreso además del de la participación en el coro —que era, más bien, una donación de la parroquia por mis tareas de coordinación—. La capacidad extática del canto me había convencido lo suficiente como para no desear ningún otro trabajo que no fuera elevar mi voz hacia las Alturas, y si eso implicaba vivir cerca de la miseria, que así fuera.
El piso no estaba del todo mal, aunque era ridículamente pequeño: una cocina de un solo fuego, un baño de dos metros cuadrados, el salón, la habitación principal y la antigua despensa sin ventanas que se había convertido en mi cuarto. Lo peor, sin duda, era mi compañero. Se presentó como un joven altísimo y obeso cubierto de una capa pegajosa de pelo negro. Mirara donde mirase, incluso en su cara o en sus manos, no conseguía encontrar una facción de piel que no estuviera ennegrecida por el vello de alrededor: me recordaba a criaturas profanas como Pie Grande o el Yeti. Nunca me dio buena impresión, pero los primeros meses pude tolerarlo. Sobrevivía a base de bebidas energéticas y cigarrillos, pasaba lo que yo intuía días sin comer y, sin previo aviso, ocupando la cocina durante horas, cocía una cantidad ingente de huevos que devoraba las próximas semanas. Una especie de varices diminutas, rojas y brillantes surcaban sus mejillas; aunque parecían cicatrices, yo, que conocía toda clase de heridas a la perfección, estaba seguro de que se trataba de algún tipo de enfermedad. Me asqueaba. Aun así, nunca apartaba la vista de aquellos gusanos ni le mostraba atisbo de repugnancia. Trataba de recordarme a mí mismo, letánicamente, que el valor fundamental del carisma cristiano es extender la mano a los enfermos.
Mi compañero traía a sus amigos cada viernes y armaba una fiesta con música tecno que me revolvía el estómago. Vivíamos en el Casco Viejo de la ciudad y las paredes de madera vibraban al son de las canciones —si se las podía llamar así—, de un traqueteo constante que se me instalaba en el centro del pecho y hacía que mi sangre bombeara a ese ritmo durante horas. A la mañana siguiente, todo estaba hecho un asco y un intenso olor a azúcar, semen y sudor impregnaba el aire. Droga, alcohol, calzoncillos llenos de mierda en el bidet. Escuchaba sus ronquidos desde la cocina y, mientras desayunaba, la leche se me agriaba en la boca. Contraía los dedos alrededor de la taza del desayuno en una subconsciente necesidad de castigar ese desastre. Pasaba horas observando la puerta de su habitación desde el pasillo: suerte que él dormía todo el día, sino, mis ojos, sumergidos en un debate eterno —entrar o no entrar, chillar o no chillar— le habrían espantado. Al final, yo siempre conseguía tomar la decisión correcta y salía de casa a que me diera el aire. Las suelas de mis zapatos crujían contra la alfombra: las ranuras de la madera estaban llenas de cáscaras de huevo.
IV
La suciedad que se expandía alrededor del piso me invadía. Empecé a darme cuenta, poco a poco, de que las barreras de mi cuerpo se sometían a la presencia de mi compañero: el olor a cerrado de la habitación impregnaba el aire de la casa y cuando me metía en la boca una cucharada de garbanzos, una tostada de jamón o un trozo de fruta, lo primero que paladeaba, antes que el sabor de la comida, era su aroma nauseabundo. Era una curiosa mezcla de bebida de fresa, pipas barbacoa y camisetas sudadas. Inescapable. Mi ropa también adquirió ese olor y ni siquiera salir de casa me liberaba; en la tribuna del coro, en medio del ensayo, una ráfaga de aire levantaba de mi camisa aquella esencia tortuosa y me golpeaba en la cara, como una cruz en las fosas nasales, una cárcel de la que no me podía librar a no ser que me arrancara la ropa a tiras. Trataba de mantener la paciencia y suplicar por la intercesión de los santos que como yo tanto habían sufrido; pensaba en el día en el que Francisco venció su asco y ofreció un beso a un leproso que le repelía. Francisco puso sus labios sobre la piel reblandecida de aquel enfermo y la repugnancia le hizo feliz. Yo deseaba, al igual que él, hallar placer en aquello que detestaba. Por la noche, antes de dormir, trataba de hablar con Dios y contarle mis preocupaciones y hundía ceremoniosamente mi nariz en la almohada: te pido, Jesús, que ensanches mi corazón, que hagas hueco a esas emociones tan refinadas, que lo dulce me sea amargo y deleitoso lo aborrecible. Pero, de repente, tras un latigazo en la nariz, la oración me abandonaba y mis ojos se abrían en la oscuridad. Aspiraba, por si acaso, una gran cantidad de aire, pero era innegable. No podía evitarlo. Mis sábanas tenían su olor. Donde antes estaba Dios, pensé, en mis momentos nocturnos más preciados de intimidad, ahora sólo él habita. No podía dejar de confundir cada sombra de mi casa con su reflejo y cada mota de polvo con la porquería viscosa que descendía de su cuerpo. Una criatura repulsiva que me ataba las manos. Incapaz de conciliar el sueño, anhelaba su muerte
V
Desde mi conversión, nadie me había puesto un dedo encima. Ni siquiera me había besado con mujeres, pues la mera idea me resultaba dañina: que alguien expulsara el aire húmedo de su boca sobre mis labios se traduciría, más pronto que tarde, en una continua irradiación de deseo que me haría culpable para siempre. Yo tampoco había ejercido violencia sobre nadie. Sin embargo, tras largos años conservando la pureza del cuerpo para no sucumbir en el juicio final, un hombre que no llegaba a la treintena quebraba todos mis esfuerzos con su suciedad e incompetencia. Jamás debí haber compartido piso. Pero ¿qué otra forma podría haber encontrado para dedicarme al canto y a la oración? No quería desperdiciar mi tiempo en la tierra con un trabajo mundano y, sin embargo, la solución que elegí me había condenado. Conocía mi alma y carácter débil, por eso había acudido a Jesús y a Dios. Sin su fuerza, solo me quedaba el vicio y el despilfarro. Sé lo que soy capaz de hacer. Todo lo que he hecho. Conozco el precio de la redención y sé que, sin Él, sólo queda en mí un interior infecto y un profundo anhelo de hacer daño a los demás. Pasé más de una hora observando el pelo grueso de testículo sobre el brazo. Mi piel blanca y rubia se contraía bajo la dureza de aquel alambre. Después de todas mis faltas, la profanación de mi cuerpo era imperdonable. Me dolían los músculos y estaba claro: yo ya no tenía forma de salvarme.
VI
Tienes una voz deliciosa, solía decirme el director del coro, demasiado profunda y deliciosa como para abandonarte. Pero utilizas tu religión para negar todos los sentidos y no puedes cantar en un coro sin llenarte de ti mismo. Y quién puede ser más dueño de sus sentidos que el ser humano que practica la abstinencia, contestaba yo, que en su propio cuerpo niega toda dimensión material. Para negar los sentidos primero hay que aceptarlos, habitarlos como nadie, todos sus recovecos y acepciones: para alcanzar el estado de beatitud infinito debes, primero, haber probado la finitud de la materia. No puedes negar aquello que no reconoces. Nadie es más consciente de su material que los abstinentes como yo. Créeme: lo he cruzado todo, lo he probado todo, conozco la debilidad de las pasiones. Sé de lo que un cuerpo como el mío es capaz. Puedo crear cosas con mis propias manos. Puedo moldear la carne.
VII
En nuestro baño se cometieron decenas de atrocidades. Mi compañero pasaba horas haciendo de vientre y, en algún momento, olvidaba que su mierda estaba flotando en el agua: tras larguísimos minutos de nado, tirar de la bomba no era suficiente para amortiguar el olor a heces que invadiría la casa el resto del día. Cuando iba a mear, hacía alarde del escaso control que ejercía sobre sus genitales. Chorros de orina se escurrían desde la taza del wáter hasta el suelo, dejando un par de charcos sobre las baldosas; otro par de gotas de pis asediaban la alfombrilla, gotas verde fosforescente, brillantes, que él, al caminar por el baño, pisaba con sus zapatillas de casa y ennegrecía. El suelo era entonces un amalgama de círculos multicolores de suciedad humana, pegajosos, con vellos púbicos y corporales atrapados en el líquido solidificado. Si se prestaba atención, también en el pasillo podían encontrarse huellas negras de las zapatillas de casa, orina arrastrada. Yo, loco de ira, con espumilla entre los dientes, me lo imaginaba cometiendo aquel acto y ningún castigo me parecía suficiente, qué debo hacer, me preguntaba, y una larga lista de posibles venganzas cruzaba mi mente: meterle los pelos que dejaba en el desagüe en las cerdas del cepillo de dientes, en su cama o en su comida, escupir en sus tapers, comerme sus productos caros, cambiarle las cosas de sitio. Imaginar la influencia de mi vida en la suya, tal y como él perturbaba la mía, era lo único capaz de calmar mis nervios. Pero ninguna de ellas me parecía suficiente. Toda mi existencia la ocupaba su olor nauseabundo, sus sonidos, las cáscaras de huevo, la sensación constante de aquel pelo de testículo sobre mi brazo, un borrón sobre mi piel blanca. Mi compañero me amarraba con cadenas invisibles a la tierra, a los sentidos materiales y a la carne. Además —estaba claro— Dios se había desentendido de mí: ya no era capaz de escuchar su voz en mi mente.
VIII
Siempre me sé impostor rezando el padrenuestro: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. El perdón es una actividad divina que nunca he sabido practicar. Deseo aprender a perdonar.
IX
No durará mucho tiempo, solo el estrictamente necesario para que puedas salvarte. No llores. El asesinato es una de las artes más bellas, nos pasamos la vida adorándola. No deseo que tu muerte sea burda y ordinaria, no: el asesinato puede ser un acto ceremonioso, un espectáculo sagrado. Tal vez sea lo más hermoso que te suceda en la vida. De tu cadáver germinarán vegetales y vida microscópica, insectos y otras formas de existencia. El asesinato permite la apertura a un mundo alternativo al humano, colchones de musgo, alimento bacteriano. El asesinato es, al fin y al cabo, una expansión de la vida. Pero yo te voy a conceder una vida más oportuna, una vida más allá de la tierra en la que todos tus defectos terrenales se deshagan. Una vida en la que puedas salvarte. Amar a Dios sobre todas las cosas es el primer mandamiento: antes que no matar, antes que no ser infiel, lo más importante es el amor hacia Él. Por eso Abraham estuvo dispuesto a matar a su hijo. Abraham amaba a Dios, amaba todas sus órdenes. El asesinato por amor a Dios es hermoso. Veneramos huesos, cráneos, cadáveres: cada vez que me santifico antes de rezar, rememoro en mi frente, en mi pecho y en mis hombros los clavos que atravesaron el cuerpo de Cristo. No adoro a pesar del dolor, si no a través de él. Quiero que sepas que, mediante este acto, te perdono y te venero para siempre. Es la única forma de salvarnos a los dos. Créeme: quisiera, con todas mis fuerzas, que alguien hiciera lo mismo por mí. Piensa en tu Padre mientras dure y vivirás para siempre.




















