Un hombre sin sombrero, Alejandro Morellon Mariano_Madrid

Mencion Premio Energheia Espana 2017

Todo el mundo tiene su sombrero salvo un hombre que corre desesperado, con esa desesperación propia de alguien que acaba de perderlo todo. Se diría que le ha saltado directamente de la cabeza al suelo, precipitándose calle abajo, impulsado por una corriente de aire que sopla solo cuando él está cerca.
El hombre lo persigue a paso ligero, al principio un poco avergonzado. Mira al resto de transeúntes y levanta los hombros, intentando sonreír sin conseguirlo. Luego, el sombrero coge distancia, rueda con más celeridad y se interna entre la multitud. Al hombre le invade la angustia y se lanza a la carrera, con el temor en los ojos y los brazos estirados; chilla y le suelta improperios a su sombrero fedora de fieltro marrón, ala estrecha y cien por cien pelo de conejo. Ninguno de los que hay alrededor se sorprende, como si fuera pan de cada día. Una señora se persigna, un hombre se lleva las manos a su propio fedora como por acto reflejo, un perro pone las orejas tiesas cuando el sombrero rueda por su lado.
El sombrero, sintiéndose prófugo, tuerce una calle, se interna por una avenida, dobla una esquina y se precipita cuesta abajo en un paseo con pendiente. Tiene un no-se-qué de desplazamiento enérgico y triunfal. Podría decirse, entre que sortea una piedra y se cuela entre las piernas humanas, que el sombrero saborea la libertad adquirida, orgulloso de ese gesto heroico de abandonar la cabeza. Ese salto de fe.
El hombre corre y el viento hace que la corbata se le ponga encima del hombro. Se nota sudar debajo del traje, percibe ese frío anómalo en la calva y es ahí cuando se vuelve consciente de su pérdida: sabe que no es nadie sin su sombrero, solo un hombre calvo que corre y se desespera, y sigue corriendo hasta que le faltan las fuerzas, hasta darse por vencido y quedarse con la cabeza descubierta y con la vergüenza, la soledad, el abatimiento de los que no tienen nada con lo que cubrirse la calva. Sufre, sufre mucho. Abandona incluso el maletín de trabajo con su informe de cincuenta y siete páginas en el que ha estado trabajando toda la semana. Pero, ¿qué sería de él, de su reputación, de la indudable entereza de la que hace gala desde que entró en la empresa si apareciera en las oficinas sin su sombrero? No teme una reprimenda por la pérdida del informe pero sí el descubrimiento de su fragilidad. Porque un sombrero lo es todo. Si se pierde lo incondicional, ¿qué nos queda? ¿No podría perderse acaso todo lo demás? Si hoy se quedara sin sombrero mañana podría perder la chaqueta, el paraguas, la integridad. El sombrero no es un sombrero sino que es un ideal, una voz para decirle al mundo, «soy en tanto he sido, aquí estoy y aquí me quedo». Entonces vuelve a la carrera.
El sombrero, que entiende de sinuosidades, esquiva un puesto de castañas asadas, aprovecha un embate de aire y cruza la calle entre dos coches. Tiene que reconocerlo, es un sombrero elegante hasta en el rodar. El hombre se arremanga la camisa y estira los brazos otra vez como si pudiera llamarlo de vuelta. ¿No ha trabajado duro toda su vida para merecerse ese sombrero? ¿No ha intentado siempre comportarse con rectitud y buenas formas? Pero ahora, sí, lo ve alejarse por esa calle pronunciada, parece que va a detenerse pero recibe una patada de un transeúnte despistado y vuelve a ganar velocidad.
El hombre se alarma y cuestiona su ser sin sombrero. Treinta y siete años yendo a trabajar con sombrero, treinta y siete años siendo parte de ese sombrero, adquiriendo una identidad gracias a ese pedazo de fieltro confeccionado a mano que ahora se aleja de él como por una voluntad propia e inesperada. ¿Qué le habrá hecho? ¿Será por lo de aquella vez que lo olvidó en casa de Angi, que es una fumadora empedernida? ¿O por las veces en que lo ha dejado tirado en cualquier silla o sofá, sin molestarse en colgarlo? Quién sabe.
Ahora lo ve cambiar el ritmo y meterse por una calle transversal y juraría que está jugando con él, efectuando algunas cabriolas, haciendo gala de su autonomía. Pero entonces, se pregunta mientras gira un recodo y acorta la distancia, ¿es el sombrero capaz de ser sombrero sin él? ¿Puede alcanzar la plenitud, o la alegría momentánea, tan alejado de su cabeza? ¿Podría llegar a valerse por sí mismo si ahora cesara de correr y se diera la vuelta, abandonándolo? No, no quiere hacer eso. Quiere recuperarlo y volver a sentirse uno con el sombrero. Regresar a las dimensiones habituales, a los tiempos de sombrero y maletín, de corbata y paraguas. ¿Dónde ha dejado el paraguas? No importa. Pega un silbido como quien llama a un perro para que vuelva, pero claro, el sombrero no es un perro y, además, tiene mucho más orgullo. Es justamente esa vanidad y las perspectivas de una vida desprovista de servidumbre lo que le confiere al fedora la voluntad de poderío.
El sombrero gana presteza en su insubordinación y se lanza por un despeñadero. Rueda con fuerza hasta el borde del precipicio y luego se deja caer al vacío, planea, se sirve de su línea aerodinámica para descender como quien se hunde poco a poco en el agua. El hombre no duda. Vuelve a ser todo determinación. Corre con la lengua fuera y la calva empapada de sudor mientras piensa en todas esas otras cosas que va a perder si deja escapar el sombrero. Luego salta.