Perdóname si no te digo la verdad, Jaume Figueras_St. Llorenç de Morunys, Lleida

 

Mirando los árboles que había al lado de las vías del tren recordó cómo jugaba de pequeño en el bosque cerca de casa. Podía imaginar los pinos altos, con la copa redonda, y oler la humedad de musgo y primavera. Habían sido tiempos de gozo y despreocupación: mientras sus hermanos estudiaban para los exámenes de la universidad, él jugaba en solitario, fantaseando con su mundo, sus enemigos y sus amigos, orcos, elfos y enanos. Sus padres descansaban los fines de semana del trabajo rutinario y no se inmutaban cuando él salía corriendo tras comer el desayuno.

Los juegos en el bosque, sin embargo, desaparecieron cuando vibró el teléfono en el bolsillo del pantalón tejano. Le sonrió a Víctor, su hijo, que corría entre puerta y puerta del tren, feliz por pasar ese domingo con su padre e ir de excursión a la montaña. Hacía tiempo que no salían juntos. El despido de unos compañeros incrementó el volumen de trabajo, hecho que le obligó a pasar más horas e, incluso, los sábados en la oficina. Empezaron los ataques de ansiedad y solo podía descansar los domingos, sin salir de casa o paseando por el parque que estaba a dos manzanas. Cuando ya hubo organizado todo el ajetreo y pudo salvarse de trabajar un sábado, le prometió a Víctor que irían de excursión aquel mismo domingo. Incluso Gema se puso contenta cuando oyó la promesa. Se acordó de la sonrisa de Gema, de lo mal que lo había estado pasando por él, pero su cara se desvaneció al desbloquear el teléfono. Vio el correo electrónico en el salvapantallas del móvil. No quería abrirlo pero lo hizo, en un acto reflejo de su dedo pulgar. Puso la huella dactilar en la parte baja de la pantalla y se desbloqueó, abriendo directamente el email. Más trabajo. Víctor seguía corriendo. Le pedían las facturas del mes pasado para el control de los impuestos. Se asió a una barra vertical, sudando, mientras las puertas se abrían. Tenía dos días para entregarlo todo, le decía Alberto en el correo. Víctor seguía corriendo arriba y abajo. Buscó las facturas en los emails. Sonó el timbre de la puerta, avisando que se cerrarían. ¿Por qué le pedía aquello Alberto si era él quien gestionaba la contabilidad? Víctor corría veloz. ¿Dónde estaban las facturas? Se cerraron las puertas. ¿Dónde estaba Víctor?

—¡Ha salido corriendo! —dijo una mujer sentada cerca de la puerta.

El tren arrancó de nuevo. Víctor había escapado justo cuando se cerraban las puertas. Se abalanzó hacia la ventana y vio a su hijo correr en el andén, sin mirar atrás. Gritó dando golpes en el cristal mientras todos los pasajeros miraban pasmados, ora a él, ora el rastro de Víctor. ¿Cómo se le había escapado el niño? En aquel vagón se formó un tribunal, lo iban a juzgar entre estación y estación y los testimonios no tendrían compasión. Creció en su interior el fracaso paternal, una frustración glaciar pese al sudor que le caía por la frente, un cosquilleo que le recordaba a los momentos de infidelidad. Aquellos pasajeros de domingo lo miraban como si supieran la verdad, con ojos de serpiente le habían visto follar con Marta en la mesa de la oficina sábado sí y sábado también; lo delatarían, se lo dirían a Gema. Enrojeció, sintió el calor en la cara, el sudor se evaporaba y la estación y el bosque ya no se veían. Había perdido de vista a su hijo de once años.

—Gema me matará —dijo arrodillándose frente a la puerta y tapándose la cara con el teléfono en la mano—. Gema me matará. Me va a matar.

Los testimonios seguían sin decir palabra, analizaban y juzgaban. Él se sabía culpable.

—¿Cuánto queda para la siguiente estación? —le preguntó a la mujer sentada cerca de la puerta.

—No soy de aquí, no tengo ni idea —dijo ella, aún alterada.

—Tres minutos —dijo una chica que, de pie, miraba por la ventana, como si rastreara el pasado.

—Madre mía, madre mía —dijo él—. ¿Qué voy a hacer?

—Tranquilícese —dijo la chica.

—¡Cómo voy a estar tranquilo!

—¡Oye!, chillando no va a recuperar a su hijo. —La chica se parecía a Marta—. Le estoy intentando ayudar. —Tenía sus rasgos, su pelo anaranjado—. Baje a la siguiente estación y coge el tren que va para la ciudad. —Sí, eran los labios carnosos de Marta.

—Ayúdame, Marta.

—¿Pero qué coño dices? Yo no me llamo Marta.

Él la intentó acariciar aún arrodillado, como había hecho el sábado anterior, pero la chica lo abofeteó.

—¡Imbécil! —dijo ella—. ¿En qué está usted pensando?

La chica se fue y los otros pasajeros protestaron, algunos se levantaron de sus asientos, la discusión se calentaba y el juez picó con el martillo en la mesa. Nadie escuchaba, todos los presentes le gritaban. Había empezado un motín y necesitó de más golpes para calmar la situación. Golpeó y retumbaron los ecos por todo el vagón, la rabia era ya incontrolable, los gritos venían del mismísimo interior de la montaña. Ya no habría excursión con su hijo. Con el móvil ya destrozado en su mano, el silencio fue imperante, los testimonios lo observaban con las cejas en alto, arqueadas hacia el techo del tren y con los ojos como túneles sin final: el blanco era el cielo que envolvía la montaña, la pupila era la oscuridad, densa, un pozo de ansiedad y sin punto de retorno. Él entró en cada uno de aquellos ojos, en la más negra desesperación. Sintió miedo. Se sentó en el suelo, cogiéndose las rodillas con la cabeza entre ellas para introducirse en el silencio.

Pasados tres minutos, salió del tren al escuchar los sonidos de su teléfono, que no eran otros que los de la puerta. Deambuló por el andén de la estación y vio el rótulo que anunciaba el siguiente tren en dirección a la ciudad: diez minutos.

Diez minutos. Qué preciosa elasticidad tiene el tiempo cuando se mira con detenimiento el reloj. Observar el goteo de los segundos, esa pausa que suena a teclado de piano, a la cuerda de su interior que va y viene en el inicio de una canción, un movimiento frágil y parecido al tacto de la piel erizada, con pequeños montes y pelos suaves. Sesenta montes, sesenta notas lentas, el minutero parece que retroceda pero es el impulso en un trampolín que traslada la aguja con una órbita de sesenta segundos hacia el agua de la piscina, al siguiente minuto. No obstante, la estación era en aquel momento una tormenta y un naufragio en el océano y se sentía perdido entre la arena de un reloj. Los segundos habían perdido el ritmo, se fragmentó la máquina del tiempo en idas y venidas por el andén, el primer minuto destrozó el pasado, el segundo eran lamentos de futuro y el tercero no dio razones para entenderlo. No llevaba reloj, siempre utilizaba el teléfono para saber la hora, aunque al mirarlo visitaba la bandeja de entrada del correo, los mensajes de texto y al bloquear el teléfono ya no se acordaba de qué hora era.

El reloj de la estación era un ejemplo único, era de vapor, y podía ver su maquinaria dentro de los cristales y entre las cuatro torres altas de acero negro que mantenían la estructura. Cuando dieron las once en punto sonó una música de vapor, una partitura de notas tranquilas sopladas por las cuatro chimeneas. El minutero se movió dos veces más antes no vino el tren, con un retraso de dos minutos. Aún tenía el teléfono destrozado en la mano cuando entró en el tren.

El vagón era silencioso, no había testigos ni juicio, era una calle de madrugada. Se quedó de pie frente a la puerta, sin mirar por la ventana. Veía la juntura de las dos puertas, esas piezas de goma que protegen a los oídos del ruido metálico. ¿Tendrían los primeros trenes puertas parecidas? ¿Había en aquellos tiempos un sonido que anunciara que se cerraban las compuertas? ¿Se escapaban los niños de sus padres?

—¿Dónde estás, Víctor? —le dijo a la puerta, tan alejada como Gema, tan cercana como los labios de Marta.

Quiso besar la juntura de las piezas de goma pero se separaron, en silencio, como el avanzar de un velero en el lago. El sol le cegó, se cubrió los ojos con la mano y vio que tenía una llamada entrante. El teléfono aún funcionaba.

—¿Va a salir? —le dijo un hombre detrás suyo.

—¿Eh?

—Si no quiere salir, al menos deje salir a los demás. Venga, muévase.

Miró el teléfono y descolgó.

—¿Sí?—dijo él, saliendo del tren.

—Hola, cariño. —Era Gema—. ¿Habéis llegado ya? Te he dicho que me avisaras cuando llegarais arriba. ¿Cómo está Víctor?

Sin responder, puso el teléfono en el bolsillo de los tejanos. Fue al guardar el móvil cuando vio de nuevo el bosque, una marea verde que ondulaba por el susurro del viento. El bosque se movía, se acercaba, y él se introdujo por un camino estrecho, lleno de raíces y con mucho barro por el deshielo de primavera. Tocó con sus dedos las hojas y las flores que estaban a su alcance, suaves al tacto, una sensación bien diferente a la que ofrecían los teléfonos y el cimiento que lo rodeaban cada día, que habían fisurado su piel y su alma. Acariciaba unas frutas cuando se oyeron unos crujidos, venían de más adelante y avanzó despacio, sin hacer ruido, pisando barro que se fundía y abrazaba sus pies. Tras unos pasos, vislumbró una figura jugando entre los árboles, un niño que construía una cabaña entre tres árboles, cogiendo ramas grandes de pino para las paredes y el tejado y otras pequeñas para los espacios restantes. Se quiso acercar un poco más, paso a paso, ya tenía al niño muy cerca. Al llegar allí, sin embargo, se dio cuenta que el niño era él, que jugaba solo, que siempre había estado solo, pero que el bosque lo hacía feliz, que no necesitaba más que sus historias de fantasía.

El niño se giró y se miraron a los ojos. La sonrisa hizo desaparecer el bosque, la marea verde volvió a bajar y se encontró de nuevo en la estación.

Sacó el teléfono del bolsillo, lo llamaban de nuevo. Descolgó.

—Marta, veo a Víctor.

 

 

Sáhara