Matera 2018, Victor Ortega Esquembre

“Por favor, no os mováis. Vamos a escuchar el silencio de la cueva y tal vez incluso oigamos los latidos de nuestros corazones”. Así pedía Werner Herzog silencio a su equipo de grabación durante el rodaje de Cave of Forgotten Dreams (2010), en la cueva francesa de Chauvet. Tenían ante ellos más de cuatrocientas pinturas rupestres de treinta y dos mil años de antigüedad. Cuando llegué a Matera, ya instalado en mi habitacióncueva del Sasso Caveoso, una intuición me dijo que algo parecido habitaba ese lugar: los nueve mil años de actividad humana ininterrumpida que contemplaban las paredes merecían como mínimo unos segundos de quietud, una pausa para apresar el peso de la historia. Esa sensación de solemnidad, de estar ante algo grande, algo casi sagrado, me persiguió durante mi estancia como un aliento templado, como el latido de los corazones de aquellos que habitaron la ciudad en otro tiempo. Dejé mi equipaje, abrí la puerta de la cueva y salí. Sin escaleras, sin ascensores ni recibidores pomposos, sólo una puerta de madera y al otro lado la Murgia imponente, justo detrás del arroyo y del barranco. Disponía de algunas horas hasta la cena y comencé a subir por Vico Solitario hacia San Pietro Caveoso, caminé con la alegría sincera que me producen siempre el tiempo libre y el silencio, que es justo lo contrario al ajetreo diario a que estoy acostumbrado, a que todos lo estamos. Es Matera un buen sitio para hacer un paréntesis porque parece toda ella atrapada en el tiempo, en un tiempo incierto que no se parece al nuestro, que nos es extraño y exótico, y que por ello precisamente ha de cautivarnos. Y son estos ingredientes, la soledad, el silencio, la extrañeza, los que agitan a los humanos y les impulsan más allá de sus necesidades naturales, los que les animan a trascender a su tiempo. Matera, me pareció a mí desde el principio, es un hervidero de humanidad en el sentido más amplio: de cultura, de religión, de tradiciones. Por la Via Madonna delle Virtú fui rodeando el Sassi mientras la tarde se hacía más densa y su luz se pegaba, naranja, en la piedra; la montaña y la ciudad se fundieron poco a poco en un enorme bloque salpicado de luciérnagas. Era la primera vez que yo veía Matera de noche y fue muy hermoso. Seguí caminando ya casi sin rumbo, y vi tantas iglesias, tantos museos, fue tanto el patrimonio que aparecía en cualquier rincón, y estaba tan compactado, tan bellamente hacinado, que pronto perdí la cuenta de los lugares que me habían llamado la atención y me dejé arrastrar, perdido ya, por los callejones serpenteantes entre la roca, por esos laberintos que son las venas palpitantes de la ciudad. Pequeños restaurantes surgían por todas partes como diamantes incrustados en la piedra, guaridas encantadoras donde la enorme tradición gastronómica se combinaba armoniosa con el halo mágico de una noche de verano. Sonaban sutiles los tenedores al chocar y olía el aire a guiso mimado, a cocina sin urgencias. Qué extraños y conmovedores habían de ser los recuerdos de infancia en un lugar así, qué añoranza posible. Volví al hotel despacio a prepararme para la cena; me desnudé, me metí en la ducha y dejé correr el agua caliente con los ojos cerrados. Pensé que aquello era el principio de algo que había de recordar ya por mucho tiempo, que formaría parte de mí de un modo especial. “Este latido”, continuaba Herzog en Chauvet refiriéndose a los caballos pintados en la pared, “¿es el de su corazón, o el nuestro?”. También yo creía confundir, en silencio debajo del agua, los pulsos de mi corazón con los latidos de la historia que inundaban la cueva, el Sassi, Matera toda. Y fue un instante feliz.