La noche blanca, Marta Iturmendi_Madrid.

_Menzione speciale Premio Energheia Spagna 2016.
_fioriLo primero que vio Elena al despertar fue a su madre dormida en la cama de al lado, hecha un ovillo de carne y sueño. Estuvo un rato observando su respiración, que lenta y profunda flotaba al arrastre de las olas del Báltico. El camarote era pequeño, sin ventanas. Elena se había desvelado antes de que sonara el despertador. Se preguntaba si ya habrían llegado a puerto. En aquel barco enorme era imposible saberlo, el movimiento se hacía invisible.

Estaba inquieta por conocer San Petersburgo, una ciudad en la que nunca había estado y en la que había estado muchas veces. La abrumaban recuerdos de un lugar inventado. Como el de una noche de fin de año en la que había atravesado el jardín de Taurida de camino a un gran baile o las veces en que a las tres de la tarde se había cruzado en la avenida Nevsky con una distinguida nariz que paseaba muy seria su capote de alto funcionario. La joven conocía bien aquella ciudad desconocida. Podía dibujar en un mapa los setecientos treinta pasos de angustia que separan la calle Stoliarni de Griboyédov. No era tonta. Tenía claro que con aquél San Petersburgo en la cabeza, el otro solo podía decepcionarla; pero no por saberla pasajera, mermaba su ilusión. Al contrario, precisamente por eso intentaba disfrutarla más, paladearla como si fuera un chicle extrañamente sabroso al que el gusto se le agota muy rápido.

Los nervios silenciosos de la hija no tardaron en despertar a la madre y en poco tiempo ambas estaban vestidas y listas para ir a desayunar sobre la cubierta del crucero. Elena puso una mano blanda sobre el pomo de la puerta. Respiró con un esfuerzo inútil una bocanada de ese aire viciado de sueño y luz eléctrica. En el momento en que su sandalia pisaba la alfombra negra del pasillo, apareció César y un relámpago de rechazo cruzó la cara de la joven. Duró menos de un segundo, su madre no llegó a darse cuenta.

César era el encargado de la limpieza del camarote. Siempre estaba ahí cuando entraban o salían, saludándolas con una efusividad exagerada. Era un chico muy joven, de cara ovalada, manos redondas y cuerpo blando; todo en él parecía circular menos sus ojos, dos finas rayas que delataban un indeterminado origen asiático. Era el perfecto empleado, amable y sonriente; solícito, casi histriónico, haciendo un esfuerzo por hablar el idioma de cada uno de los pasajeros. Con Elena y su madre, sin embargo, prefería manejarse en inglés; de esa forma ampliaba su abanico de amabilidades. Un abanico duro y pesado; que se abría con un ruido sordo como de metal. Ellas siempre respondían risueñas, tratando de devolverle aquella simpatía impostada. Los primeros días en el barco habían comentado, con cierta culpabilidad burguesa, la carga que suponían en aquella vida; anclada a un trabajo odioso en un pasillo de camarotes sin ventanas. Ninguna de las dos concebía peor destino que atracar en ciudades desconocidas y no poder bajar del barco. El final del viaje estaba cerca y ellas se consolaban diciéndose que, llegado el momento, le darían una propina más que generosa. Aquel pensamiento había tranquilizado a Elena al principio, pero con el paso de los días se hizo insuficiente. Hasta el punto de que ya no era capaz de ver a César sin que le pesara. No era solo lástima lo que sentía por el chico, había en su compasión trazos de un odio fuera de lugar.

Subieron las escaleras deprisa, aunque sin ser conscientes de haber acelerado el paso. Tenían ganas de ver el espectacular paisaje que suponían en cubierta. Se imaginaban tomando café sobre el Neva, con los palacios de la orilla tan cerca que casi podrían tocarlos con la punta del croissant. Sin embargo, la realidad era otra, habían atracado en el puerto nuevo, desde donde solo se divisaba una serie infinita de construcciones soviéticas, todas exactamente iguales. Moles de edificios que parecían gigantes atolondrados, muertos hace muchos años y a los que algún dios nórdico de mal carácter había convertido en piedra. Elena recibió la primera puñalada rusa en aquel puerto horrendo.

Desayunaron sin ganas, solo con prisa; y enseguida se levantaron de la mesa para volver al camarote. La joven pensó en decirle a su madre que fuera sola, ella la esperaría allí. No quería cruzarse con César. Sin embargo, en el último momento se negó a dejarse manejar por un pensamiento enfermo. Al llegar al pasillo, suplicó internamente por no encontrárselo pero, como siempre, allí estaba él, anclado a su guardia ciega. Al menos solo le veía en aquel estrecho corredor, tan parecido al de una cárcel por culpa de esa luz cetrina y viscosa que se pegaba a la ropa, pringándola. Nada más verlo todo su cuerpo fue invadido por una repulsión blanca que ella no podía evitar transformar en ofensa y una punzada de remordimiento la hirió a la altura de los pulmones.

Y por fin, San Petersburgo, lavada de tinta pero tan sucia de realidad que no soportó el primer asalto. La restrictiva política de visados rusa impedía que pasearan solas por la ciudad, de modo que se vieron obligadas a contratar una excursión organizada. Dos horas de cola, una mancha en el pasaporte y absolutamente ninguna sonrisa funcionarial después; Elena y su madre habían cruzado la frontera y buscaban entre los cientos de autobuses que esperaban pasmados la llegada del rebaño. Preguntaron a los guías que escoltaban las puertas de los vehículos con sonrisas de ganso hasta que al décimo intento, por fin, dieron con el suyo. Enseguida se dieron cuenta de que el guía que les había tocado en suerte era un tipo peculiar.

Se llamaba Anton y llevaba una camisa naranja chillón con palmeras gigantes que resaltaba el moreno de su piel. El pelo le caía hasta los hombros, con unos rizos marcados; pero lo que más llamaba la atención eran sus manos. Tenía las uñas largas y cuidadas, limadas en punta y pintadas con esmalte transparente. Eran las uñas de una vedette. Antón movía con orgullo aquellas manos preciosas tan inverosímiles en un hombre de metro noventa y aspecto, por lo demás, bastante masculino. Eran manos mágicas, idiotas. Elena no podía concentrarse en las explicaciones del guía, solo era capaz de seguir con el pensamiento las idas y venidas de aquellas manos. No las entendía; exigían una explicación y sin ella, resultaban intolerables. Siguió observando esas manos en continuo movimiento mientras pensaba que Antón, necesariamente, tenía que disfrutar haciendo bailar sus uñas flamencas. El Bolshoi en sus manos.

La visita a la ciudad, por lo demás, fue una decepción tras otra. Si al menos El Hermitage, hubiese supuesto una alegría… pero había tal cantidad de gente que incluso andar era difícil. Ese olor a turismo ovejuno y los gritos de los guías hacían imposible pensar siquiera en mirar las paredes. Solo la Iglesia de la Sangre Derramada consiguió emocionarlas; sobre todo a Elena, que se quedó mucho rato mirándola, sin hacer fotos, sin hablar, y casi sin pensar en nada.

Llegaron al barco rendidas, un poco tristes por aquella visita que había emborronado su idea de la ciudad. Sus costumbres estaban en contra de irse tan pronto a dormir pero esa noche se metieron en la cama antes de las nueve. Elena no tenía ganas de alargar el gusto amargo que aquel día de expectativas de cristal le había cuajado en el paladar. Su madre, simplemente, se sentía agotada. El cansancio la había invadido de repente, al tocar la cama, como un viento inesperado que te enfría el cuerpo de un solo roce.

Elena, metida en la cama, cogió el libro que tenía sobre la mesilla de noche. Solo pudo leer dos párrafos. Enseguida empezó a notar como la fuerza se le escapaba por los ojos y rebotaba en la página hasta explotar contra la almohada, como un globo de agua que empapa la funda de sueño. El libro, todavía abierto, resbalaba de sus manos muy lentamente, acariciándolas, disimulando. Por un momento pareció que hacía un leve esfuerzo por resistir… Fue justo antes de caer al suelo. Una Elena mecánica y dormida pulsó el interruptor de la luz y al hacerse la oscuridad, lanzó al vacío una sonrisa de gusto.

 

***

Primero tuvo un sueño feliz, de esos que no se recuerdan pero de los que se tiene noticia por una huella clarísima que solo es posible ver desde lejos. Luego soñó con las manos bailarinas de Antón, que saltaban sobre el agua, formando unas ondas brillantes que se iban haciendo cada vez más grandes. De pronto, aquellas manos subían por sus piernas… Habían perdido la candidez, eran manos enemigas. Elena sintió la amenaza y echó a correr. Estaba en el barco, huía de esas uñas enfermas por zonas en las que no había estado nunca y que, sin embargo, eran habitaciones familiares donde había enterrado horas larguísimas. Tardó en darse cuenta de lo que pasaba. Hasta que no salió a ese pasillo oscuro de moqueta inmunda, hasta que la luz cetrina no se le pegó a la ropa no se dio cuenta de que ella ya no era Elena. No era ella y era Elena al mismo tiempo, pero siendo César. La certeza de saberse el otro fue fulminante y aquel sueño de corte infantil reventó en pedazos. Solo quedó espacio para un pavor opresivo, impaciente. La iban a agarrar y tenía que actuar rápido. Ya no huía de unas manos, las había olvidado, ahora escapaba de saberse el otro, de sí misma.

No fueron ni siete segundos los que se dejó llevar por el pánico. Menos de eso tardó en recordar una habilidad entrenada en la infancia que con el paso de los años se había vuelto innecesaria. De pequeña había aprendido a salir de las pesadillas, forzando su lógica, rompiéndola como quien estrella un cristal contra un suelo de corcho: con rabia pero sin ruido. Era cuestión de práctica, cualquiera podía hacerlo. Otras veces, si la secuencia lineal del sueño era muy fuerte, si se le resistía, tenía un plan B. Un método más simple pero igual de eficaz. Le bastaba con contener la respiración en el sueño o darse unos pellizcos para despertar. Pero eso era lo fácil. Los pellizcos significaban que su técnica había fracasado, eran la salida por la puerta de atrás, una deshonra. Probó con el método noble.

Intentó pensar, discurrir con coherencia. Se dijo a sí misma: «estás soñando, tú no eres ese chico, no eres redondo, ni oscuro. Tú eres Elena y ahora mismo vas a hacer un esfuerzo y te vas a despertar».  Pero no funcionó, por más que lo intentaba seguía presa en aquel cuerpo ajeno. Durmiendo, despierta en otro. Probó conteniendo la respiración pero su jaula no necesitaba oxígeno, se alimentaba de otra cosa. Los pellizcos tampoco hacían efecto, ni siquiera la hacían daño. El monstruo no parecía sentirlos. Era un sueño profundo, poderoso. Empezó a desquiciarse, dejó de pensar con claridad. Hasta que por fin, se le ocurrió algo. Una idea iluminó el pasillo con un foco de luz que terminaba en la puerta de su camarote. Él tenía una llave maestra, entraría. Tenía que despertarse, no quería permanecer ni un segundo más en aquel cuerpo hostil. Estaba invadida de asco.

Sacó del bolsillo del pantalón de César, que ahora era su bolsillo, su pantalón, la llave maestra. La puerta se abrió en silencio. Al verse a sí misma en la cama, tan ajena, se tranquilizó. Por un momento no supo qué hacer, pero entonces vio, erguida sobre la mesita de noche, la pera que su madre había traído esa mañana del comedor. A su lado, un cuchillo. Lo agarró; en la hoja dentada bailó el destello de la luz de emergencia. Pasó el filo con suavidad por el brazo de esa chica dormida que era ella y no era ella. No pasaba nada. La tranquilidad se esfumó despacio, como el humo de un cigarro mal apagado. Volvió la sensación de prisa, de persecución con final inminente y necesario. Clavó el cuchillo con rabia. Quería matar a esa chica dormida, despertarla. Un crujido estentóreo brotó del pecho de Elena.  Aquel ruido sordo, como de metal, la despertó.

 

***

Una sensación de alivio le recorrió el cuerpo de arriba a abajo, como si le hubiesen inyectado un bálsamo profundo, sedante. Respiró con ahogo. Notaba el pecho húmedo de sudor. Abrió los ojos y vio como la luz de emergencia iluminaba débilmente el fondo del camarote. Allí estaba César. Se limpiaba las manos con la toalla que ella, al salir de la ducha solo unas horas antes, había tirado al suelo con indulgencia. El chico la miraba; sonriente, amable. Sintió como su mano derecha, sin fuerza, se descolgaba del colchón y quedaba recta, asomada al vacío. Un segundo después la cabeza se le desplomó hacia el mismo sitio, blanda. Antes de oír como se cerraba la puerta vio a su madre dormida en la cama de al lado, hecha un ovillo de carne y sueño. Estuvo un rato observando su respiración, que lenta y profunda flotaba al arrastre de las olas del Báltico.