La esperanza, o como acabar masticando con dientes de circonio, Juncal Baeza_Madrid

 

 

Pseudónimo: Blue Moon

 

Si quieres terminar desollado en una cuneta, o haciendo el mayor ridículo de tu vida, aférrate a esta frase y no la sueltes, aunque te golpeen los nudillos con una pala. Vivo rodeado de invenciones que son como medusas preciosas, blandas y mortíferas, pero ésta, particularmente, hace que me sangren los oídos. Está compuesta por ocho palabras: “La esperanza es lo último que se pierde”.  ¿Ves? Su efecto es inmediato: vómito violento; ganas de echar a correr; temblor en las corvas, en los meniscos; dolor en la rabadilla (nota: a este dolor se le llama coxigodinia; suena a tratamiento antifúngico). Y ya, justo después, el hilillo de sangre caliente se escurre por mi conducto auditivo. ¡Ah, la inmunda esperanza! Nuestra sociedad –autómata y enclenque- es su esclava favorita, la que se encarga de lavarle la ropa interior.

 

Ejemplo de esclava número 1: Leannie, mi prima de Milwaukee. Después de nueve años regalándole oportunidades a su novio, una y otra vez,  acabó con los incisivos repiqueteando sobre el asfalto y una cadera rota. Con treinta y un años. Y no fue culpa de Josh, ni de las botellas de ginebra que escondía detrás de las cajas de zapatos en el altillo o en la guantera de coche. Tampoco de lo largas que tiene las manos o de esos arranques narcisistas que le dan en el parking de la licorería. La culpa fue solamente de mi prima.  De su tozudez y de esa especie de impulso redentor que le hace eco en la parte posterior del cráneo, desde que salió del Prince of Peace en octavo curso. Hola Leannie, dondequiera que te encuentres: ¿qué articulación le ha tocado luxarte esta vez?

 

Conservo recuerdos audiovisuales de mi prima, con los dientes arrancados de un bofetón, la piel pálida y escamada, el pelo enredado. Arrastrándose en calcetines hasta la cocina, para abrazar a Josh por la espalda y apoyarle el pómulo inflamado en la cabeza. Cierro los ojos y la escucho decir: “Yo sé que nos queremos, Josh, yo lo sé”, con los labios apretados de devoción y un amor reseco que apesta a Rehorst Premium. Ficticiamente, alargo el brazo para que Leannie se agarre a mí después de salir del protésico dental, anestesiada y pareciendo otra. A esa Leannie, que se paseaba con los incisivos de circonio recién estrenados, le pregunté por qué no lo dejaba. “La esperanza es lo último que se pierde, Carl”, respondió. Ciao, Leannie. Arrivederci. Ojala no me toque colocar un puñado de crisantemos encima de tu ataúd porque, prima, llegado el caso, estoy seguro de que no lo haré.

 

No hace falta que te partan la ceja contra la puerta de la secadora para ser consciente de esto: la esperanza es una bestia punzante y correosa que se esfuerza por interrumpir las sinapsis, por podarle las ramificaciones a las dendritas. Su propósito no es salvarte, sino abortar cualquier intento de orden en los recovecos de la mente. Produce la aniquilación total del razonamiento lógico. Continuar viviendo se convierte entonces en un simple acto de fe, una constitución dogmática. El nuevo Lumen Gentium en formato de libro de autoayuda. Coelho, ¿estás ahí? Saluda al rebaño de mirada estúpida que te idolatra. Acaríciales el lomo esponjoso y manchado de barro.

 

Ejemplo de esclavo número 2 (hablo con el corazón arrugado): mi padre  murió atado a un gotero, como un lebrel despeluchado en la última jaula de la perrera. A los médicos les hubiera encantado conseguir que se largase a casa, pero cada vez que cruzaban la puerta de la habitación 113, mi padre preguntaba: “¿Ha salido algo nuevo para mi glioma?” (nota: glioma, en sí, no significa nada, solo hace referencia a las células gliales, que en el caso de mi padre proliferaban a toda velocidad). Como si la oncología fuera el catálogo de novedades para la temporada Otoño-Invierno 2019.

 

“Vámonos de aquí, papá”, le dije, cuando confirmaron que la radioterapia ya le había carcomido el último diente, “no pueden hacer nada más”. Me apuntó con un dedo huesudo y amarillento. “De ninguna manera, hijo”, me contestó, “la esperanza es lo último que se pierde”. Allí, con el sol filtrándose a través de las láminas de la persiana, observé el pelo quebradizo que le cubría la cabeza, las mejillas hundidas, y las estampitas de San Judas Tadeo que mi madre colocaba sobre la mesa auxiliar. Cuando se hizo de noche le remetí las sábanas por debajo del cuerpo. Tenía el esqueleto de un pájaro. Antes de dormirse se quitó la dentadura y la colocó en la mesita. Había circonio por todos lados, en incisivos, caninos, premolares y molares. Con esa imagen terminó todo: mi padre nunca fue a ver focas en Big Sur, ni condujo mientras anochecía sobre el lago Tahoe. Se murió, atiborrado de calmantes y esperanza, mientras recibía un concentrado de oxígeno vía nasal en el Cedars-Sinai.

 

Y luego estoy yo, un contraejemplo decadente. Cuando me despierto, sobre un colchón desnudo, grito a la esperanza: “¡Soy la resistencia!”. Y eso que estoy metido en un lío del que difícilmente lograré salir. Les debo dinero a unos tipos que llevan las falanges tatuadas y el pelo rapado. Mucho dinero, en realidad. Obviamente, se trata de un dinero que no tengo, por un accidente que no pude evitar en un baño público. Imagen de resumen: pantalones vaqueros a mitad del muslo, la cisterna descargando y una bolsita de plástico, recubierta de cinta adhesiva, desapareciendo por el desagüe.

 

Escrituré mi propio final en el urinario público de esa estación de autobuses, mientras incrustaba el puño en la tubería para intentar recuperar el paquetito. No conseguí nada. A veces, de noche,  las tablillas del suelo de mi casa crujen, y yo me preparo para escuchar cómo le quitan el seguro a una 9 mm. Soy hijo único, y mi madre se gastó todos sus ahorros en contratar a un cuarteto de violín para el entierro de mi padre. Leannie, recién llegada de Milwaukee, se abrazó a ella sollozando. Cuando avanzó, solemne, en la fila de comulgar, vi que cojeaba. La cadera nunca soldó bien. Como cierre de la ceremonia, los músicos tocaron una pieza de Paganini y yo me puse a llorar como un crío.

 

Consumo metanfetaminas desde hace cinco años. La efedrina y el hidróxido de sodio me han podrido los dientes. Los tengo adelgazados, translúcidos, y, al hablar, el aire se me escapa entre las piezas. También guardo, metido en un sobre que no quiero abrir, un diagnóstico de periodontitis. Las encías se me han retraído; es como si la carne se estuviese desintegrando y, cualquier día, la comezón fuese a llegarme al cerebro.

 

Los del centro de rehabilitación insisten en que me coloque unos dientes nuevos, para aumentar mis oportunidades de encontrar trabajo, aunque sea paseando chuchos en un barrio residencial. Hablan de mi recuperación como si fuera un hecho. Y yo participo del engaño atándome el último botón del cuello del polo y peinándome con la raya al lado. No les he contado que vienen a por mí y que, mientras no devuelva a esos tíos todo lo que debo, no me dejarán en paz.

 

“¡No pienso ponerme unos paletos de circonio!”, les he gritado a las asistentes sociales. Yo soy un hombre sin esperanza.