La casa del jardín, de Isaac Paez Catalan_Sevilla

Ganador Premio Energheia Espana 2015.

africa
Pocas veces había tenido tanta certeza sobre algo y nadie podría ya convencer a Fabienne de lo
contrario: el jardín estaba desaprovechado. No le bastaba con ver a los gatos o a su perro
correteando por allí, aquel terreno tenía inmensas posibilidades que esperaban a ser rentabilizadas.
Hacía bastante tiempo que andaban justos de recursos, su marido Frédéric cada vez ingresaba
menos dinero, apenas recibía clientes en su peluquería de la rue de Macau; y ella no había aportado
dinero desde que dejara su trabajo a partir del nacimiento de su primer hijo. Pero desde aquel día
habían pasado ya veintiséis años y su hijo ya no vivía con ellos en Burdeos, sino en París, donde el
joven había conseguido trabajo como taquillero de un cine y pocas veces se dejaba caer por allí.
Tantas noches en vela, tanto sufrimiento e inquietud mientras son niños para que un día salgan por
la puerta como un desconocido. Los hijos son los parientes más lejanos, decía Fabienne a veces,
llega un día en el que desconectan de sus padres y se establece una distancia que dura para siempre,
extraños que comparten apellido y poco más.
Fabienne necesitaba sentir que podía hacer algo, las facturas los agobiaban cada vez más y
aún les restaban ocho años para terminar de pagar la hipoteca del local de la peluquería. Por suerte
para ellos la casa había sido heredada por Frédéric, al igual que el Reanult 4 que aún funcionaba
perfectamente, Frédéric le hacia él mismo todas sus revisiones y comprobaciones, para qué gastar
inútilmente el dinero en un coche nuevo pudiendo mantener uno que ya tenían. Pero desde hacía
unos años todo les iba peor, realmente a todo el mundo le iba peor, pero no era consuelo. Ambos
dejaron algunos de sus pequeños vicios o gastos extraordinarios. Frédéric dejó de comprar discos de
vinilo por Internet y Fabienne pospuso sus estudios de literatura, cada cosa tenía su tiempo, pensó, y
con su edad querer estudiar una carrera universitaria parecía ridículamente naíf. Guardó sus libros
de teoría de la literatura en cajas de vino que coleccionaba con intención decorativa y se dijo que ya
habría tiempo de retomarlo. Incluso dejó de comprar las revistas de decoración que tanto le
gustaban, y cuando pasaba por delante del kiosco donde solía comprarlas agachaba la cabeza o
fingía hablar por el móvil. Pero en aquellas revistas que había atesorado durante años encontró una
salida a la estrechez económica. Leyó un artículo sobre cómo muchas personas instalaban una
cabaña prefabricada dentro de sus jardines y la utilizaban como retiro o como vivienda para los
hijos, una intimidad fuera de los muros de la vivienda pero sin escapar del concepto del hogar.
Fabienne pensó en instalar una e intentar alquilarla a turistas extranjeros, Burdeos era una ciudad
muy turística, quién no querría visitar sus viñedos o comer ostras en el mercado, así que no deberían
faltarle inquilinos durante todo el año. Expuso su idea a Frédéric, pero de dónde sacar el dinero para
comprar la cabaña, le dijo él. Ella le explicó sus cálculos emocionada: si el precio de la cabaña era
de unos 4000 euros pero la alquilaban a 400 euros la semana, alquilándola ocho semanas en verano
más tres semanas sueltas el resto del año ya habrían recuperado la inversión, a partir de ahí todo
serían ganancias. Tan solo restaba convencer al banco para que les concediera ese pequeño crédito,
puesto que Fabienne y Frédéric carecían de ahorros, todo lo habían ido gastando y vivían al día,
igual que cuando se casaron con poco más de veinte años cada uno. Frédéric vio con buenos ojos la
idea y decidieron ir al banco al día siguiente.
Fabienne apenas pudo dormir, pero comenzó el día ilusionada: se maquilló, se hizo dos
coletas (que era el peinado que lucía los días que se sentía con ánimos) y se puso el vestido asido a
la cintura que tanto le gustaba a su marido. Fueron en bicicleta hasta la oficina del banco que
quedaba cruzando el jardín botánico en dirección al centro. Llevaban años acudiendo a aquella
oficina y el director, como quien hace un favor peligroso para su propia integridad, les concedió un
crédito de 5500 euros. Ahora podían comprar la cabaña, arreglar el jardín y equipar la cabaña con
los electrodomésticos pertinentes. Tanta fue la ilusión que en apenas mes y medio ya estaba lista
para ser alquilada. Trabajaron duramente para arreglarla, recurriendo a todo el que pudiera
prestarles ayuda: un amigo fontanero, un pariente electricista, colchones usados de un vecino que se
mudaba. Y así, al fin, Fabienne pudo contemplar su cabaña al fondo del jardín, y se pasaba las horas
mirándola desde el ventanal del salón, soñando con la llegada de inquilinos de todos los lugares del
mundo. Y puesto que el jardín tenía su propia entrada desde la calle, solo le quedaba poner una
cerradura de clave para que los inquilinos pudieran acceder a cualquier hora del día o de la noche.
La clave, C2406X, la eligió porque era la matrícula de un coche que su padre le había comprado
durante los años ochenta a un inmigrante español que regresaba a su país, aquella matrícula
española se le grabó en la memoria y nunca supo el motivo, pero la recordaba tan bien que fue la
primera opción que se le vino a la mente a la hora de elegir una clave. Después, puso el anuncio en
Internet y cada día miraba su correo electrónico tantas veces como le era posible, con la ilusión de
que algún viajero se interesara por su acogedora cabaña, pues así la describía el anuncio.
En un par de semanas llegaron los primeros correos y cerró las primeras reservas de la
cabaña. Así comenzaría una nueva etapa para ellos, estaba segura. Antes de la llegada de los
huéspedes repasó todos los detalles de la cabaña, compró vino para agasajarlos y colocó persianas
para dar mayor intimidad a la estancia, salvo en la puerta principal, cuyo cristal cubrió con una
transparente cortina corredera.
Los primeros inquilinos fueron una pareja de italianos, recién casados que estaban viajando
por Francia. Parecieron encantados con el lugar, así que entregaron el dinero, recibieron la clave de
acceso y su botella de vino como regalo de bienvenida. Estarían durante una semana, y como quiere
que los viajes se inician con una fuerza desmedida, los tres primeros días apenas se dejaron ver por
el jardín. Fabienne se asomaba al ventanal pero no veía movimiento alguno, se preguntaba si
estarían bien en la cabaña, aquella primera experiencia era importante para saber cómo encauzar el
nuevo negocio. Pero a partir del tercer día comenzaron a pasar más tiempo en la cabaña. Fabienne y
Frédéric, con las luces apagadas, se postraban ante el ventanal que daba al jardín y los observaban.
Apenas levantaban las persianas aquellos italianos, pero sí que podían entreverse sus siluetas a
través de la cortinilla de la puerta principal. Los intuyeron abrazándose, cenando, luego apagaron la
luz y solo el destello de la televisión quedó latente como un fuego en invierno. Los días restantes
que los italianos estuvieron allí, Fabienne y Frédéric los pasaron observándolos siempre que podían.
Cuando observaban no hablaban entre ellos, solo miraban, nada más. No había ninguna utilidad en
aquel gesto, pero no podían dejar de hacerlo. Y así sucedió con los inquilinos siguientes, y los
siguientes. Mirar se convirtió en su pasatiempo, terminaban de almorzar o de cenar, apagaban las
luces o echaban las cortinas y se dedicaban a contemplar a los extraños como biólogos que
analizaran el comportamiento de una especie animal desconocida hasta el momento. Cada visitante
con sus costumbres, sus horarios y sus idiomas; pudieron ver peleas de parejas, borracheras de
amigos, despedidas de solteros, todo tipo de actos sexuales. Aunque más que ver, para decir mejor,
todo lo intuían por las sombras que se reflejaban en la cortinilla de la entrada, que hacía las veces de
una sábana donde se reflejaban sombras chinescas de una realidad que no era más que la realidad de
sus observaciones.
La cabaña se alquilaba con frecuencia y la cosas comenzaron a marcharles mejor. Pronto,
como predijo Fabienne, recuperaron la inversión, pudieron aligerar la deuda y comenzar a ver la luz
al final del túnel. Casi todo el año recibían huéspedes. Ninguno permanecía normalmente más de
una semana, pagaban al entrar y se largaban discretamente. Fabienne sentía que al fin Frédéric
valoraba sus iniciativas, que ya no era una simple ama de casa. Reanudó también sus estudios de
literatura en la universidad y volvió a comprar sus revistas de decoración. Frédéric también
recuperó algunos de sus vicios aparcados, pero aunque no lo hablaran entre ellos, lo que más les
gustaba ahora era mirar a los huéspedes, observar al extraño, interpretar sus movimientos en la
oscuridad y reconocer los actos de sus sombras. Como si mirasen por una grieta la felicidad que a
ellos se les negaba. Disfrutaban oyendo otros idiomas, la tonalidad distinta de sus risas, los pasos
que crujían en la madera del porche de la cabaña. La observación fue el deporte oficial del
matrimonio durante los tres años siguientes, tiempo que para ellos supuso la recuperación
económica y el silencio mutuo. A veces se habla para llenar el vacío de lo que pueden percibir otros
sentidos, ellos lo sabían, por eso ya apenas hablaban, porque la vista se había colocado por delante
de sus compañeros de viaje. Y todo siguió así hasta la llegada de un huésped algo misterioso. Un
joven inglés que alquiló la cabaña durante dos semanas. Pagó (como debía hacerse en aquella casa)
por adelantado, recibió una botella de vino y un pan como agasajo de bienvenida, dio las gracias y
se encerró en la cabaña. Desde el instante en el que entró subió todas las persianas y elevó también
la cortinilla transparente que cubría la entrada principal, colocó una silla frente al cristal de la puerta
y se quedó inmóvil mirando hacia la casa de Frédéric y Fabienne. Ambos se alarmaron, ¿sabría
aquel joven que lo estaban observando? Era imposible, pues siempre miraban por los pequeños
agujeros que dejan las persianas en las junturas de sus lamas, y nadie podría percibir qué o quién
estaba al otro lado. El matrimonio, extrañado, siguió mirando al joven sin que este cambiara de
posición durante horas, tan solo se movía levemente para beber de una copa y tomar notas en una
libreta. Al día siguiente, cuando Fabienne y Frédéric se levantaron, vieron al joven en la misma
actitud que el día anterior. Se marcharon a sus quehaceres, Frédéric a la peluquería, mientras que
Fabienne se encaminaba a hacer la compra. Pero al volver el joven continuaba igual. No sabían
cómo interpretar aquello ni qué decirse el uno al otro. Las personas, a diferencia de las aves, cuando
somos observadas fijamente, y somos conscientes de esa mirada, nos paralizamos, nos sentimos
violentos. Aquello comenzaba a ser incómodo para ambos, tener a dicho perturbado mirándolos sin
descanso y tomando notas en una libreta. Pero no podían decirle nada, pues entonces el joven
hubiese sabido que estaba siendo observado por sus caseros, además de estar en su derecho de hacer
lo que creyese oportuno mientras no se saliera de lo establecido en el contrato de alquiler. Y cada
noche resultaba más inquietante que la anterior, viéndolo allí postrado, escribiendo y bebiendo.
Fabienne, influida claramente por su vocación de estudiante de literatura, pensó que podía tratarse
de un escritor, pero buscó su nombre en Google y no aparecía ni un solo dato referido a la persona
que ocupaba su cabaña. Fabienne incluso llegó a sentir cierta excitación pensando que aquel joven
podía estar mirándola a ella, y en lo más profundo de sí ansiaba lo que sus palabras y actos
cotidianos se esforzaban en condenar, y hasta llegó a creer ver al joven masturbándose, pero tras
tanto tiempo fijando la mirada en un mismo punto todo se le volvía turbio y poco fiable. Y aunque
pensaba que era un loco y quería que se largara, realmente no le hubiese importado tenerlo allí,
frente a ella, durante un tiempo indefinido, como un amante al que analizar cada gesto. Frédéric, por
su parte, lo observaba con una especie de camaradería profesional respecto a su esposa, como si
hubiesen formado una sociedad de observadores que realmente no veían nada del extraño, y no es
que no se percatara de los pensamientos más recónditos de Fabienne, sino que, simplemente, no le
molestaban; y esa ausencia de la molestia misma le hacía maldecir la frialdad que desde hacía
tiempo sentía duramente en su matrimonio.
Cumplido el plazo de la estancia, Fabienne decidió ir hasta la cabaña para despedirse del
joven y desearle un buen viaje, aunque en realidad iba para intentar averiguar algo acerca de aquella
enigmática actitud que había mostrado, unido a la propia necesidad de verlo. A diferencia del resto
de los días, el joven no estaba postrado ante la puerta, ni siquiera se adivinaba su figura por el
interior. Fabienne llamó varias veces a la puerta, pero nadie contestaba, así que se decidió a entrar
por miedo a que el joven hubiera tenido algún percance y por la pura curiosidad de entrar y saber
qué pasaba. Abrió lentamente la puerta y vio cómo el suelo estaba completamente cubierto de
botellas vacías, desperdicios de alimentos, ropa sucia y hojas de papel con palabras sueltas escritas
en inglés como swan o singing; había papeles incluso por las paredes, aquello le pareció la obra de
un auténtico loco. Pero ni rastro del joven inglés, se había esfumado como un fantasma. Fabienne
tuvo que emplear más de tres horas en dejarlo todo en orden para la llegada de los siguientes
huéspedes, y cuando se encontró con Frédéric a la hora de la cena conversaron durante un par de
minutos sobre cómo era posible que ninguno de ellos se hubiera dado cuenta de todo lo que había
hecho aquel misterioso joven inglés. Después, volvieron al silencio de costumbre, y mientras
Fabienne miraba con una sonrisa la bandeja de entrada de su correo electrónico en el teléfono
móvil, continuaron cenando con el sonido de los cubiertos como único testigo.