El suicidio del ornitorinco, Antonio Manuel Jiménez_Madrid

 

 

(Seudónimo: Guardia X)

Si despertases por los gritos de angustia del niño-loro de la calle Esquinas tú también te pondrías a llorar. Eran sus gritos monstruosamente humanos, un reclamo a nuestras propias monstruosidades. Sobre todo al miedo y a la tristeza y sobre todo al miedo de sentirse triste, mientras se escuchaba la voz del niño-loro gritar Papá todas aquellas mañanas de la calle Esquinas.

Por aquél entonces yo trabajaba en un periódico de inspiración católica y tendencia conservadora, aunque la mayoría de nosotros no creíamos en Dios ni en la Derecha, y qué decir de la Izquierda. En realidad no creíamos en nada que no fuéramos nosotros mismos y, sin embargo, yo sé que había momentos en los que debían evitarse los espejos y los amigos. Que algunas veces no quedaba más solución que la de encender el televisor o drogarse con algún fármaco para dormir sin soñar o tararear alguna canción en la que ni siquiera se reparaba. Éramos grandes periodistas, con toda nuestra egolatría y nuestro cinismo fingido y nuestra resignada y digna conciencia de anonimato. Un anonimato que era nuestro y del mundo entero, y que cargábamos a las espaldas cada día con una extraña dignidad. La realidad era solo una excusa.

Con mi sueldo de becario encontré un pequeño estudio en la calle Esquinas. El precio era considerablemente alto, teniendo en cuenta que Esquinas era un escollo ético y estético en el alma de la ciudad. Sin embargo me quedé allí y, como a las cucarachas, no me costó habituarme. Quizás porque aprendí de ellas. A la tercera mañana que amanecí allí escuché por primera vez al niño-loro llamar desesperadamente a su padre. Yo no supe que el niño-loro era en realidad un loro hasta pasadas dos semanas, durante las cuales me desperté con sus gritos intermitentes y violentos y pensaba que era un niño enjaulado. Me imaginaba a un niño paralítico al que su padre abandonaba al cuidado de una silla de ruedas todas las mañanas cuando iba a trabajar. Me imaginaba a un niño lleno de odio, postrado en una cama o en una silla de ruedas o enjaulado o demasiado pequeño para alcanzar el estante del chocolate o el cajón de los cuchillos con los que pretendía matar o ser matado y poner fin a su intermitente-violenta-desesperada agonía de hijo. Yo me asomaba esas mañanas a la única ventana de aquél estudio de la calle Esquinas, que daba a un patio interior que era más bien un hueco en el corazón del edificio, y buscaba el origen de aquél lamento y también me ponía a llorar.

Mi padre había muerto hacía tres años en un accidente de tráfico. Una niña que viajaba en el otro coche también. Mi madre, que no iba en ninguno de los dos vehículos, también, pero era la suya una muerte lenta, consciente. De a diario. Después de aquello me fui de casa de mis padres. En todo ese tiempo no pensé demasiado en el accidente y tampoco lo hice durante los meses que viví en Esquinas. Lo que quiero decir es que no importaba que los gritos de aquél animal-niño refiriesen a Papá. Podía ser Papá o Manzana o Aristóteles, la tristeza era la misma. Una pena huérfana de nombre y de palabra que invadía el estómago desde que conquistara el hueco, el umbral de la ventana, la habitación, el tímpano. Yo me acurrucaba en la cama y me ponía a llorar y, pasado un rato, me iba a la ducha y me vestía e iba a la redacción y sonreía a la gente y entrevistaba a escritores y políticos, vecinos de y familiares de y asesinos de y abogados de, y luego volvía a Esquinas y me quedaba un rato mirando a la gente en la puerta del edificio donde vivía y me sentía bien.

Durante el primer año que trabajé en ‘La Corriente’, que así se llamaba el periódico donde nos dejábamos arrastrar cada día, entrevisté a casi la mitad de los que han escrito un libro alguna vez en este país y a más del doble de los que presumen de la intención de querer hacerlo. Tuve un amigo que aseguraba que todo escribiente que lo sea por oficio, desde el humilde becario de periódico que rellena en sus páginas los huecos abandonados por la publicidad, hasta el poeta, el escritor o el Escritor (más aún el Escritor), o incluso el maestro, desde su privilegiado altar de tiza, todos ellos, tienen un componente altísimo de egolatría. Según él, la palabra escrita tiene un algo de autoafirmación, de queja, de pataleo. Lleva implícita la conciencia de la muerte del que la escribe y a la vez su protesta. Su valor reproductivo. Dicen que las personas que están a punto de morir y lo saben experimentan un repentino y aparentemente inoportuno orgasmo. Pongamos como ejemplo al suicida que a los diez metros de caída libre y a los quince del suelo, sabiéndose instintivamente muerto y anticipándose al destrozo de su cuerpo, no consigue controlar sin embargo ese último accidente de vida que se derrama iracundo y que tiene que ver, en cualquier caso, con un acto de rebeldía ante la caída, los metros y el suelo inevitable. Mi amigo afirmaba que el escribiente, criatura ínfima y temerosa de la muerte por naturaleza, procura salvar el suicidio que es su vida cada día con el ególatra ademán de orgasmo que es la escritura. Por supuesto él también escribía, y su particular aspaviento de eyaculación escrituraria adquiría la forma de una columna de opinión en páginas interiores de ‘La Corriente’.

Así, conocí las muchas caras de la egolatría ilustrada del momento: Conversé con ególatras de barba blanca que fumaban en pipa, con ególatras de grandes patillas y chaquetas de pana, con ególatras ensimismados en la tapa de sus libros; Me senté junto a ególatras endiosados y humildes adalides de la egolatría, quise saber del sentido de la vida según ególatras de la primera persona, según  todopoderosos ególatras que montan a espaldas del narrador omnisciente –un trasunto de su egolatría-, según excéntricos ególatras que hacen experimentos de bilocación del ego a través del género epistolar. Enfrenté mi egolatría mercenaria de palabras huecas en páginas impares a la tacaña egolatría del dramaturgo e incluso a la munificente conciencia de sí mismo de los poetas, sin duda los mayores ególatras del masturbatorio quehacer de la escritura, y sobre todo discutí sobre personajes, escenarios y situaciones con la calculadora y prudente egolatría del novelista. Una vez uno de ellos me dijo que le molestaba que los escritores se permitieran opinar sobre cualquier cosa. “Como si fuéramos los nuevos sacerdotes del occidente laico”, me dijo con tono y gesto monacal.

Si te preguntas qué tiene esto que ver con aquél niño-loro de la calle Esquinas, te diré que entre todos estos conocí a un escribiente que aseguraba que el gato de su vecina lo espiaba al otro lado de la ventana del dormitorio y, siempre que se iba a acostar, el felino decía Muro. Quizás era Mira, o quizás Mero, pero seguramente Muro, me contaba, y entonces él también se echaba a llorar. Me dijo que era como la voz de un anciano que lo espiaba al otro lado de la ventana de su dormitorio, encaramado a la rama del árbol plantado al pie de la ventana de su dormitorio, arañando con una pata el cristal de la ventana de su dormitorio y diciendo Muro. Su esposa nunca consiguió escuchar al gato-anciano, me confesó,  y cuando el animal se asomaba y decía aquella palabra él le daba la espalda a su mujer y se ponía a llorar en silencio. Naturalmente este hecho singular le inspiró para escribir-reproducirse-en una novela que tituló La conspiración de los gatos lunares y que tanto el público como los críticos de las revistas literarias saludaron sin demasiado entusiasmo. Estuvo algunos meses en los estantes bajos de la sección de Novedades de las librerías y luego se retiraron los ejemplares que quedaron sin vender. Un año más tarde escribió Silencios, lápices y muros, una novela que, en palabras de su autor, “intenta concienciar -aunque no hay que engañarse con las posibilidades reales que le quedan a la Literatura para cambiar el mundo, claro- sobre el grave problema de la incomunicación que aqueja al hombre que habita las Sociedades llamadas de la Información, y que más bien son sociedades de fortalezas y castillos individuales desde cuyas torres divisamos la bandera de los demás…”  (La Corriente, 24 de marzo de 2005). Fue considerada como su mejor obra. Según indicaron años después sus amigos más cercanos, se encontraba escribiendo la que para él sería su novela cumbre, la que tenía un mayor componente autobiográfico, cuando le sorprendió un ictus cerebral por el que falleció unas horas más tarde. A su funeral, además de altos representantes nacionales del mundo de las letras, acudieron su panadera, con la que una vez estuvo a punto de hacer el amor sobre tres sacos de levadura (anécdota ésta de su vida que inspiró uno de los relatos de A veces casi consigo dormir y sin embargo me desvelo) y un afamado cantante de Flamenco cuyo penúltimo disco, el menos celebrado (Caracoles en Venecia), era una antología musicada de los poemas que escribió el difunto a finales de los ochenta, cuando todavía las drogas y el alcohol y la inmortalidad y la poesía postmoderna y los primeros implantes de silicona.

Conocí a otros, con el tiempo. En el banco de un parque cerca de donde viví después de Esquinas un viejo me dijo que se estaba volviendo loco. Yo estaba sentado pensando que me estaba volviendo loco y entonces el viejo gritó “¡Me estoy volviendo loco!” y yo lo miré y él me miró y los dos bajamos la cabeza. Lo había visto algunas veces darle de comer a las palomas. “Creo que a las palomas no les gusta la miga de pan”, me dijo, y después se quedó observando a un grupo de ellas que revoloteaban cerca del columpio. “Me lo dicen”. Cuando quise saber me contó que una paloma le pidió Caverna después de que él le echara al suelo un poco de miga que el animal no quiso comer. Desde entonces sueña con palomas que le piden Caverna y que lo miran fijamente mientras mueven un poco las alas, y también sueña con migas de pan llenas de tierra, enterradas por el musgo y por la lluvia, y después se despierta y recuerda y se pone a llorar y dice Caverna.

La voz del pájaro era como la de una mujer con un lunar en la cara, me aseguró.

No muy lejos de aquél parque conocí a una señora que huía del suelo. No lo perdía de vista mientras caminaba con urgencias por la Avenida de la Montaña, y después por la calle Tote Godíbar, y por Maestro Suárez y por Silencios, que era donde estaba el supermercado. Yo la veía pisar de puntillas, fijándose en cada uno de los accidentes del suelo y tropezándose con los niños y las bicicletas aparcadas. Una vez coincidí con ella en la cola de un puesto de verduras y me fijé que miraba con espanto a un pequeño gusano que trepaba buscando el verde cobijo de una hoja de lechuga. “¡Océano no!”, gritó la mujer antes de perderse tras la esquina de Silencios y recuperar, probablemente, los pasos de Maestro Suárez y de montar después al bordillo de la tienda de telas de Tote Godíbar escudriñando el asfalto de la acera, me lo puedo imaginar, y de subir corriendo Montañas sin esquivar, ya no importa, a los niños y a las bicletas y a los ancianos que cuando dan un paso se duelen, y de llegar por fin a su portal negando a voces que existan los océanos y los gusanos, y de entrar en casa sucediendo a un portazo y de derrumbarse en la alfombra de su salón y de llorar, finalmente.

Tras mi paso por ‘La Corriente’ trabajé en varios medios de comunicación. Dos periódicos, ‘Centro’ y ‘Prisma’, una televisión que tenía un pájaro por logotipo y una emisora de radio, donde estuve cinco años llevando un programa sobre biografías extrañas de personajes olvidados de la ciudad llamado Fauna de Asfalto. La verdad es que no apreciaba demasiado el sonido de mi voz y me incomodaba su cópula con las ondas hertzianas, que la pervertían y la reproducían y la lanzaban al espacio radiofónico. Y sí, durante todo ese tiempo pensaba en Papá, en Muro, en Caverna y en Océano, y también en Aroma, desde que el hijo de una amiga me hiciera prometerle que no le diría a nadie que su hámster decía Aroma durante sus ejercicios en la rueda de la jaula.

Yo hasta ahora no le había hablado a nadie sobre la misteriosa enfermedad que aqueja a algunos animales. Durante un tiempo intenté buscar explicación al fenómeno entre tratados de zoología, psicología e incluso semiótica, pero no tardé mucho en desistir y, desde entonces, me he guardado su secreto. Su absurdo, inútil e inconsciente secreto. He pensado en gatos que quieren ser muros y en elefantes que lamentan no ser bosques y en chimpancés que se suicidan por no ser autobuses, y después he pensado en palabras que se duelen por ser caverna en vez de paloma o que sufren de tal esquizofrenia que se creen gusanos cuando son océanos. En  cualquier caso, es innegable la tristeza o caballo que encierra este misterio o araña.

Ahora trabajo en el gabinete de comunicación de un Ayuntamiento. En mis ratos libres escribo cuentos sobre cosas que me pasaron y  cosas que no.