El guando_Daniel Steele Rodríguez_Santander

Ganador Premio Energheia España 2019

“God is but a convenient means to wake the sleeping princess,
the soul. Life is her sleep, death the awakening.”
The Hero with a Thousand Faces, Joseph Campbell

Íbamos cargando a nuestro muerto cuando la vimos a ella, bajando a golpes
por la quebrada. Nos cayó de arriba como un ángel abatido. Casi al tiempo, se escuchó una mina estallar y el rebuzno de pánico de una mula. Una nube de tierra se alzó hasta el cielo. Luego ella y el animal rodaron por el escarpado, despeñándose contra la maleza. Ella se salvó de milagro: aterrizó al pie del puente de madera que cruza la quebrada. La mula, en cambio, chocó duro contra una piedra, rebotó, y se la tragó el río. Las alforjas se abrieron con el impacto y las hojas de coca se esparcieron en el aire, tendiéndose como una mortaja sobre la mujer.
Así es el camino del Naya: traicionero. No vemos más que gente pasar desde que lo abrieron. Para atravesarlo, hendieron en la montaña una grieta donde sólo pueden andar las mulas. Por poco que llueva, el sendero se vuelve un barrizal. Por poco que baje la niebla, se borra el rostro del caminante. Igual da: ellos desfilan por el monte como hormigas. Vienen del interior del valle, donde tienen las semilleras resguardadas en las laderas. Antes, trabajábamos para ellos de raspachines.
Raspábamos las hojas y las empacábamos en arrobas. Otros lo llevaban en mulas por el sendero, picaban las hojas, las hacían pasta, y las convertían en ladrillos blancos. Así, ya estaba bueno para los gringos. Compraban tanto que debían de usarlo en lugar de azúcar.
Eso cuando aún era un comercio sencillo y no había tantas agresiones. Hacía tiempo que mis tres compadres y yo nos habíamos desentendido de la bonanza de la coca. Más que años, décadas. Asuntos así quedaban cada vez más distantes.
Ahorita, nos bastaba con el muerto que cargábamos en guando. Cuando murió, estábamos lejos de casa. Para bajarlo del monte tuvimos que subirlo a una parihuela de guadua que rajamos con machete. Luego lo cubrimos con una mortaja de hojas de bijao, amarradas con bejuco; igual que hacen los indios. Echamos a caminar, soportando entre los cuatro el peso de la parihuela y su ocupante. Sin prisa, porque a todas horas el monte se cubre de jirones de niebla, y uno tiene que enfocarse en lo que tiene delante. Intentar no resbalarse sobre un terruño suelto, o evitar tropezar con una raíz. Apartar todo lo demás de la mente. Un pie por delante del otro. El tiempo deja de importar. Hasta se olvida uno de las cosas: de dónde
viene y a dónde va.
Ella, quizás, sí sabía hacia dónde iba, pero la detuvo una mina quiebrapatas.
De esas que plantaron las guerrillas para custodiar el camino, hace ya también décadas en lugar de años. La mina la lanzó al fondo de la quebrada, pero no le quitó la vida. Ora se removía, luchando por recuperar el movimiento; amparaba una mano en el regazo. La vimos erguirse, intentar avanzar, y caer rendida sobre el puente.
Nosotros veníamos en la bajada, desde el otro lado de la quebrada. Descansamos la parihuela con nuestro muerto sobre la tierra. Luego, nos acercamos con cautela hacía el ángel maltrecho.
Tras arrastrarse herida, había logrado descansar la espalda contra un poste
de madera. Se había quitado el saco para enrollárselo alrededor del brazo, e inmersa en su angustia, no había advertido nuestra presencia. Aún no habíamos cruzado el puente: quedamos a la mitad, rezagados, vigilando a nuestro alrededor.
Recelábamos traspasar el umbral de cinco metros que nos separaba de la mujer.
Quién dijo miedo, si nosotros con la muerte ya habíamos firmado un pacto; era que evitábamos a aquellos que profanaban sus leyes. Los que la volvían
presurosa, incitándola. Nosotros casi no: la invocábamos con paciencia, con cada paso andado. Y en aquel momento, avanzar otro paso suponía enredarse en el mundo de los profanadores.
—Señora: ¿está herida? —probé.
Era una pregunta pendeja, pero fue la que nos envalentonó a acercarnos otro tanto. Estaba cubierta de lodo, ensangrentada, y con rasguños en la cara. Olía a mierda; seguramente la mina de la que había caído estaba colmada de heces. Nos contempló, aturdida. Tenía un rostro aguerrido, como de combatiente, con pómulos altos. No lloraba. Se veía una mujer fuerte incluso bajo esas circunstancias, cuando apretaba los dientes y se retorcía de dolor.
—Ayuda —suplicó con la respiración entrecortada. Pero al avanzar hacia ella, enarcó las cejas y exhaló turbada:
—¿Quiénes son ustedes?
Guardamos silencio. Hacía tiempo que no nos hacían esa pregunta.
Quedamos sumidos en una pena monstruosa, casi en parálisis, hasta que la mujer se encogió y empezó a temblar. Doblegada, cerró los ojos y empezó a quejarse.
Entonces nuestro compadre Juan Diego —que por más joven, más atrevido— se arrodilló y la examinó.
La explosión le había volado parte del antebrazo derecho: era un nudo de
carne descosido. Tenía el muñón envuelto en su saco teñido de rojo, en un vano esfuerzo por detener el derrame. Con cuidado, la enderezamos. Juan Diego se arrancó la manga de la camisa; retorciendo la tela alrededor de un palo, le hizo un torniquete a la altura del músculo. Los demás nos mirábamos, nerviosos. Las alas de nuestros sombreros de paja, de tanto rasgar la niebla, colgaban con gotas de agua y ensombrecían nuestras caras. Ismael Alexander se frotaba su barba de tres días —tres días perpetuos que no parecían madurar nunca—, mientras que Jhon Jairo se mordía el labio belfo.
Ella abría los ojos a ratos, movía la cabeza, e intentaba susurrar palabras
sueltas. Un nombre se desprendía de sus labios. Supusimos que era su
acompañante, al que no habíamos visto. Empezamos a preocuparnos de que estuviera al caer, hasta que al cruzar el puente cargando con ella, miramos hacia la orilla del río y vimos el cuerpo desmembrado de aquel desdichado.
De a pocos, llegamos hasta la parihuela y dejamos a la mujer acostada junto a nuestro muerto. Contrapuestos. Ahí es cuando nos miramos todos con la misma duda: no íbamos a poder llevar a los dos. Y no resultaba fácil abandonar a nuestro muerto así, después de andar con él tantísimo tiempo sobre los hombros.
—¿Y entonces? —pregunté—. Habrá que hacer algo, ¿no?
—Llevémosla a La Playa —respondió Juan Diego, compadecido de la mujer—. Ahí le darán la ayuda que necesita.
—¡Oigan a este! ¿Se te olvidó la deuda que tenemos con el muerto? —intervino Jhon Jairo—. Ya ni sé cuánto tiempo llevamos perdidos por estos montes, buscando dónde enterrarlo como se merece, y tú, ¿quieres dejarlo así nomás?
—Es verdad —añadió Ismael Alexander—. Además, en La Playa ya no nos quieren.
Hay puro narco y guerrillero. Acuérdense de la última vez. En ese pueblo viven a punta de irrespeto.
La gente de ahí, como él decía, no respetaba. Es cierto que en algún
momento, cuando los cuatro éramos raspachines, vivíamos allá igual que los demás; éramos desplazados de otras partes del país, buscando plata que diera de comer. Pero desde que cargamos a nuestro muerto, hace ya tiempo innombrable, todo cambió.
—Miren —dije yo—, de aquí a unos años nosotros seguiremos buscándole un lugar de descanso eterno a nuestro viejito. Pero la comadre no dispone de tanto tiempo: denle un chance. No se agüeven.
A esto le siguió un silencio. Finalmente, Jhon Jairo asintió, rociando el suelo
con las gotas que caían de su sombrero:
—Bueno. Pero en cuanto la dejemos en La Playa, nos devolvemos a buscar al muerto y seguimos con nuestra misión.
—Listo —aseguré.
Jhon Jairo, Ismael Alexander y yo dejamos a nuestro muerto lo más oculto
posible; lo llevamos hasta el tronco de una palma y lo cubrimos con las hojas de ese árbol. Lo miré por última vez: tenía la expresión imperturbable de siempre. Un rostro dócil y ajado. No se preocupe, viejito lindo, que ya volvemos. No nos olvidamos de usted.
Nos alejamos con pesar, sintiendo que nos arrancaban algo de raíz.
Volvimos con Juan Diego y la mujer. Le había pasado un trapo por la cara
para limpiar la sangre que le aplastaba el pelo al rostro. Tras resistir el delirio y la extenuación, se había desmayado. Con todo, el reguero de sangre se había detenido y ella parecía estable. Entre los cuatro subimos su cuerpo a la parihuela.
Ocupamos nuestros puestos acostumbrados y la elevamos. Como era más liviana que nuestro muerto, avanzamos rápido hacia La Playa.
Estuvimos varias horas caminando concentrados, nuestras botas de goma pisando al unísono. La funda del machete golpeaba una y otra vez contra mi cadera.
A medida que recorríamos camino, bajábamos de altura. La niebla se disipó y el atardecer nos mostró el perfil flaco de la luna. Pasamos un cobertizo vacío, sembrado de tinas oxidadas donde se sumergen en petróleo las hojas de coca picadas. Finalmente, tras un recodo, atisbamos la villa en el corazón del valle: sus calles empedradas, las casas con techos de eternit y las verandas que amparan prostíbulos y tomaderos. La oscuridad reinaba.
A estas partes no nos habíamos acercado desde que nos expulsaron. Antes,
de vez en cuando, había quien se condolía con nosotros y nos acompañaba un trecho en nuestra marcha incansable. Se acercaban temblorosos, pero sin extrañarse, sin cuestionar sus sentidos. Al que alzaba un rezo o un cántico fúnebre, le dirigíamos una palabra solemne— un destello de lo que le esperaba en la hora suprema. Era llevadero. No es que quedara tiempo para más que velar por nuestro muerto, pero estábamos amañados a ese lugar.
Sin embargo, las cosas fueron cambiando. Sin que uno se diera cuenta, la
coca lo iba contaminando todo. La montaña se llenaba de ella; se explayaba por los cerros como una sombra, se hundía en la tierra y se disolvía entre la espuma de los ríos crecidos. Carcomía las venas y latía en la sangre. Iba pasando el tiempo, y la coca era lo que daba de comer. Más que el gobierno. Más que cualquier cosa. Y lo acompañaba un desgaste en el reconocimiento que recibíamos. Sería porque íbamos cargando a nuestro viejito con parsimonia, esperando el lugar merecido para darle descanso. No abandonándolo en pedazos en cualquier lado.
—Prendan velas —pidió Ismael Alexander—. A ver si nos respetan así.
Descansamos la parihuela y su ocupante gimió con debilidad. Se veía pálida y apagada; ya no le quedaba mucho tiempo. Lo presentíamos hasta en el sabor del aire, espeso con la muerte a su alrededor. En la luz de la luna, contemplé sus labios cuarteados por la sequedad, el sudor que pespunteaba en sus sienes. ¿Quiénes son ustedes? La pregunta regresaba como un susurro, llenando la oscuridad. Y la réplica se escondía en nuestro silencio, en nuestro inconsolable y mudo transitar.
Jhon Jairo sacó cuatro velas de su bolso de cuero y nos las entregó. Se
acercó a la mía. Frotando la mecha con sus dedos oscuros y enfocándola con su mirada felina, engendró una llama verde. Así, hasta que los cuatro sujetábamos velas prendidas. Sentí el calor irreal de la candela sobre mi carne.
La mujer que yacía sobre las cañas se aquietó. Por ella violábamos nuestra
promesa: su respiración leve aún producía un vaho, un tenue aliento de vida.
—Métanle el hombro.
Con un gesto practicado hasta la saciedad, subimos la parihuela una vez má sobre nuestros hombros, y entonces, con pasos inciertos, bajamos en guando el trecho que faltaba hasta La Playa.