Delirium tremens, Lorena Lozano Ortega_Barcellona

Ganador Premio Energheia Espana 2017

Había abandonado París envuelto en los vapores de la absenta. Cerré los ojos durante un minuto y vi la cuchara sobre el vaso. El terrón de azúcar minúsculo y perfecto que, en azules llamas, se derretía lentamente sobre el elixir. Todas las hadas de Montmartre volvían a mí, elevando sus piernas hacia el cielo.
El tren paró en Sheffield antes de llegar a Leeds, pero nadie subió. Reanudamos la marcha y el tren echó a andar escandalosamente atravesando el gris del cielo. Salí de mi ensoñación cuando el temblor empezó a acentuarse. Toda la sangre de mi cuerpo comenzó a estancarse en una única vena, la de mi frente, que latía con ritmo propio. La sentía palpitar ferozmente, entonces aplasté mi frente con la mano, intentando encauzar el torrente sanguíneo. Cerré los ojos de nuevo, apretándolos fuertemente esa vez, y recordé el tren que me llevó a Paris años atrás. Nada más llegar, me había asomado al alféizar de la bohemia y las vistas me habían impresionado. Poco a poco aprendí a rozarla, con sutileza, para no espantarla. Luego, tanto ella como yo perdimos el sentido del decoro y entonces la agarraba por la cintura, la sentaba sobre mis piernas y le susurraba cosas obscenas. Ella, que era bailarina de can-can, me había mostrado más de lo que yo esperaba ver en aquella ciudad. Ahora volvía a mi oscura casa en un tren austero, olvidándome para siempre de su nombre.
Llegué a Leeds a las doce del mediodía. La ciudad había crecido y se había convertido en una amalgama de edificios sombríos desde mi marcha. Había muchos lugares que apenas reconocía, pensé que los habían puesto ahí para desconcertarme. Un carro me esperaba en la esquina de la estación para llevarme hasta la casa de mi padre, en Roundhay. Tardamos una hora y cuarenta y cinco minutos en llegar, puesto que en el camino tuve que parar a vomitar varias veces. Me costó reconocer el edificio de oscuras tejas que se alzaba ante mí. Bajé del carro y atravesé el jardín deslizándome por la húmeda hierba. Era consciente de lo desaliñado que estaba. Temí que nadie me reconociera, así que me llevó un buen rato decidirme a llamar a la puerta. Con mano trémula agarré la fría aldaba de hierro y la hice sonar contra la madera. Una doncella seria y vieja que no reconocí me abrió la puerta de mala gana y me hizo esperar en el zaguán. Diez minutos después mi padre me citó en su despacho. El estudio de mi padre era oscuro, de extrañas formas. No había una pared en la que no hubiese una enorme estantería y no había estantería en la que faltara un solo libro. El techo era alto y siniestro. En mitad de la pieza había una mesa de escritorio de madera maciza perfectamente encerada. Había una sola ventana pero las cortinas estaban echadas y la estancia apenas se iluminaba con la ingrávida luz que proporcionaban unas cuantas velas.
El calmoso tintineo de la luz de las velas me transportó hasta Jeanne. La veía delante de mí, con las mejillas artificialmente sonrojadas. Se acercaba la vela a su hermoso rostro y haciendo una u con sus labios, expulsaba una etérea y cálida brisa de su boca, perfecta y rosada. Así lo hizo con todas las velas, hasta que me dejó completamente a oscuras. Mi padre me hizo tomar asiento en uno de los dos sillones que había enfrente del escritorio. Él permanecía sentado del otro lado, en una butaca enorme, incluso para él. Era un hombre robusto, de anchos hombros y bigote inglés. Inmerso en la lobreguez del cuarto, encontré a tientas el sillón e intente acomodarme.
—Hijo—dijo, acercando una de las velas para verme mejor.
—¿Sí, padre?
—Estás convulsionando.
—El viaje hasta aquí ha sido tortuoso, padre. En alta mar el barco no paraba de zarandearse. El trayecto en tren ha sido demasiado largo. Hasta aquí he venido en carro, usted mismo lo ordenó, padre. Y usted ya sabe que en esta época del año todos los caminos de Yorkshire se encuentran en pésimas condiciones. El légamo varaba las ruedas del carro.
El silencio se dilató durante unos segundos y pude ver como mi padre ponía los ojos en blanco. Después, se reclinó en la silla y volvió a dirigirse a mí:
—¿Escribiste todo lo que querías escribir en París?
—No, padre, no he escrito nada.
—¿Pintaste?
—Sí, padre, pinté. Veinte cuadros y al menos novecientos dibujos. Acuarelas, sobre todo.
Mi padre asintió, estrujando y retorciendo nerviosamente la punta de su bigote.
—Padre… —murmuré entrecortadamente—He venido para distanciarme de la ciudad. Debo confesarle que allí he adquirido algunos vicios. He sido un pecador, padre. Pero quiero volver, quiero quedarme. El aire del campo me vendrá bien. Necesito su ayuda, padre. Si me deja volver le prometo que pintaré paisajes. Puedo ir al parque para inspirarme. Como lo hacen otros: con pinceladas gruesas y redondas…
Estaba desesperándome, revolviéndome en la silla, sudoroso. Empecé a tocarme el pelo nerviosamente, estirándolo y enrollándolo entre mis dedos.
—Por el amor de Dios, Henry, estás enfermo.
—No, padre. Solo necesito un poco de reposo. Eso es. Reposo nada más.
—Todas tus pertenencias están ya en tu habitación —dijo severamente—, allí te quedarás hasta que te abandonen tus vicios. No saldrás de ahí. No a menos que yo lo ordene.
—Sí, padre. Gracias, padre.
Centré todas mis fuerzas en levantarme de la silla y salí del despacho tambaleándome. Subí las escaleras a gatas y los escalones rechinaron todos: uno por uno. La segunda puerta a la derecha pertenecía a mi alcoba. Entré sin mirar si quiera y me abalancé sobre la enorme cama con dosel. Empecé a notar la fiebre mordiéndome desde los pies hasta las orejas. Comencé a desvestirme y me camuflé bajo las mantas y sábanas que habían sido perfectamente planchadas. Eran suaves y olían bien. Ya casi había olvidado lo que era dormir encima de sábanas limpias. De nuevo volví a convulsionar, tan escandalosamente que el dosel casi se viene abajo. Las paredes temblaron también, y el suelo. Me fijé en uno de los cuadros bucólicos que había en la pared. El pastorcillo del cuadro se puso pálido de golpe y empezó a temblar. La oveja que tenía en el regazo, con la cara descompuesta, tiritaba, asustadísima. La pluma que reposaba encima del escritorio se tambaleaba de lado a lado. Apreté el rostro y me esforcé en dormir.
Al cabo de un siglo desperté de la siesta. Jeanne estaba a los pies de la cama y me miraba con amor.
—¡Jeanne, querida!— grité.
Ella miraba hacia un lugar lejano: un punto entre la pared y el infinito. La observé un largo rato. Jeanne. Mi Jeanne. Llevaba puesto el vestido blanco, fluido, de mangas abombadas. Su cabello dorado estaba recogido en un pomposo moño. Los guantes, de blanco raso, escalaban por su brazo hasta tocar la tela de su vestido. De su piel apenas veía el hermoso cuello, pálido y erguido, su dulce rostro y sus orejas. Llevaba las piernas envueltas en delicadas medias, oscuras como la noche o como el despacho de mi padre. De pronto, se levantó y echó a correr. Me levanté de la cama de un brinco y, desnudo como estaba, salí detrás de ella, ignorando la prohibición de mi padre. Eché a correr por el pasillo, por donde había visto el flamear de su vestido. Bajé las escaleras y salí derecho hacia a la calle. Me aventuré por la avenida principal. Corrí una milla, descalzo, hasta llegar al parque, donde la perdí la pista. Si se había escondido por allí sería imposible encontrarla. Setecientos acres de selva tropical eran inexplorables para un hombre enfermo como yo. La dejé ir. «Jeanne volverá» me dije, y me volví sobre mis pasos. La había dejado marchar cien veces y ella siempre había vuelto. Discutíamos y ella se iba de casa. Lo máximo fueron siete días y al regresar me encontraba tirado en cualquier bordillo, rodeado de porquería, con una borrachera de mil demonios. Jeanne me encontraba siempre, así estuviese en Paris o en Leeds.
—Querida —le dije cuando, al regresar a casa la encontré profundamente dormida en mi cama—, ojalá me encontrara de la misma manera que me encuentras tú. Cómo quisiera mirarme al espejo y verme con tus ojos. Cómo desearía encontrarme siempre que me busco, como lo haces tú. Me gustaría poder quedarme conmigo, luchar por mí, elegirme, como tú lo haces. Pero es tarde. Estoy envenenado. Jeanne, me estoy muriendo.
Me recosté a su lado, sollozando. Sumergí mi cara en su pelo, que ahora estaba suelto, y me embriagué de su aroma. La abracé por la cintura y enredé mis piernas entre las suyas. Luego cerré los ojos y me dormí. Tuve el sueño más maravilloso de mi vida. Estábamos en mi estudio, en una sucia calle de Montmartre, yo estaba detrás de un caballete que sujetaba enorme lienzo, con una paleta en la mano y un pincel en la otra. Pintaba el cuadro más bello del mundo. Del otro lado del caballete, Jeanne posaba sobre un sofá cubierto por una tela roja. Estaba desnuda y me sonreía.
Desperté en mi habitación y ella ya no estaba a mi lado. Mareado y sudoroso, vomité en la palangana que había bajo mi cama. Las sábanas estaban empapadas. De pronto me percaté de que el pastorcillo del cuadro estaba aterrorizado. Todas las ovejas que le acompañaban, incluso la que tenía en el regazo, yacían muertas, con los ojos abiertos y la lengua fuera. Comencé a tiritar de nuevo, esta vez de pánico. La cabeza me daba vueltas y no lograba entender nada de lo que estaba sucediendo.
—¡Jeanne! —grité— ¡Jeanne, ayúdame! No me dejes solo. ¿Dónde estás? ¿Por qué siempre te vas? ¡Nunca te quedas! Me dejas aquí, muriendo. No es el alcohol lo que me mata, Jeanne, ¡eres tú! Enciendes mi cólera. Cada vez que te marchas me envenenas. No es la absenta, Jeanne, es la furia. Es mi propia bilis, que me corrompe las entrañas. ¿No lo ves?
Lloré y grité y volví a llorar, pero nadie acudió en mi ayuda. La habitación no tenía puertas ni ventanas. Llamé a Jeanne hasta quedarme sin voz. Exhausto y sin respuesta alguna, me desplomé en la cama. Había perdido el control de mi cuerpo. Me agitaba sin voluntad de hacerlo, daba brincos espasmódicos y mis manos y mis brazos se retorcían grotescamente. Mi pecho quería volar mientras de mi boca empezó a emanar a borbotones un vómito verde y pegajoso seguido de una extraña espuma blanca. Cuando mi cuerpo estaba demasiado agotado para sobrellevar tal frenetismo, paró.
Al abrir los ojos vi que la habitación estaba llena de pequeñas luces que encantaban la sala como pequeñas luciérnagas. Jeanne estaba de pie parado enfrente de mi cama. Ya no llevaba el vestido blanco sino uno largo y negro que le cubría los brazos y el cuello. Alrededor de su cuerpo se enroscaba una desafiante serpiente bordada de llamativos colores. Se acercó una luciérnaga a su hermoso rostro y haciendo una u con sus labios, expulsó una etérea y cálida brisa de su boca, perfecta y rosada. Así lo hizo con todas las luciérnagas, hasta que me dejó completamente a oscuras.