Del Laberinto al 13_Maria Zaragoza, Madrid.

Finalistas Premio Energheia Espana 2012_

Habían sacado las entradas un mes antes en una oferta por internet, que los parques temáticos y de atracciones se habían puesto carísimos y querían llevar a los chicos, que ya no eran niños, cuando viniesen de Santiago ya para quedarse. No lo pensaron mucho, vieron la oferta y compraron, así sin más, iban a ir el Chencho, Marujita, Pepo y ellos dos y lo mismo así se les pasaba la morriña de abuela a los críos, con lo que habían llorado cuando los dejaron y ahora que no mamita, que no me quiero ir para España que la abuelita se queda acá sola y es extraño a veces la competencia desleal que le hacen las abuelas a los padres, que debería estar prohibido.

Cuando llegó el día de recogerlos ya casi estaban nerviosos, ella no paraba de peinarse y él de mirar el reloj, en ese pasillo de aeropuerto tan atestado de gente como de costumbre, tan blanco y tan impersonal y absurdo para las cálidas acogidas y los reencuentros. El Chencho, que se creía muy mayor ya, decía que no quería que lo recogiesen, que quería coger el metro él solo. Pero también decía que no quería ir al parque temático y luego resulta que se daba una rodilla con la otra de pura emoción cuando pasaron los torniquetes. Pero eso fue después. Por el momento sólo el abrazo y ver los cambios que el tiempo había operado en sus muchachos, y limpiarles las manchas de las mejillas de algo que habían comido en el avión con la táctica de chuparse un pulgar y restregar ante el gesto desabrido de Chencho, que ya estaba hecho un hombrecito, la risa nerviosa de Marujita, a la que ya le empezaba a despuntar el pecho y la mirada como hueca de Pepo que extrañaba a la abuela. Se fueron para el piso hablando muy nerviosos de lo que les iba a gustar España y de lo pronto que iban a hacer amigos y que de aquí a nada ya no se iban a acordar de Santiago, pero que llamarían a la abuela dos veces por semana para ver cómo seguía de lo suyo. Cenaron comida española que la madre había aprendido a cocinar en el restaurante, para que se fueran acostumbrando. Se fueron a dormir demasiado cansados.

Era al día siguiente lo del parque y nada más despertarse se dieron cuenta de la mala idea que había sido sacar las entradas para tan pronto cuando los chicos estarían derrumbados del viaje de tantas horas. Pero bueno, no hay nada que no se arregle con un buen desayuno, pero los bostezos del Chencho y las legañas de Marujita y Pepo que casi se duerme encima del tazón de cereales. Preparar bocadillos, sacar las botellas de agua de dos litros del congelador y casi estar listos para moverse. Lo que de verdad hizo despertarse a los muchachos fue el coche nuevo que se había comprado el padre, no por su espectacularidad, sino por su llamativo color naranja. Les iba bastante bien al fin y al cabo, el padre en sus excavaciones arqueológicas y la madre en el restaurante, sin ganar ni mucho ni poco entre los dos pero lo justo como para traerse a los muchachos y vivir otra vez juntos los cinco. El coche había sido por lo de que de golpe daban más ayudas para comprar automóviles porque ya la gente no se los compraba. El padre no paraba de decir cuando veía las rebajas y las facilidades de pago, “¿y cómo se mueven?, ¿cómo? ¿Van por ahí haciendo teletransporte o qué?”. Para él era una primera necesidad poder desplazarse a donde estaban sacando de debajo de la tierra los huesos de un dinosaurio y no podía ver más allá por más que su mujer siempre le hablase del transporte público. Para los chicos un coche nuevo es siempre una sorpresa maravillosa. Por la noche no se fijaron por el cansancio, pero reluciendo con el sol encima, el automóvil parecía una fruta enorme y brillante. Luego inspeccionarlo todo, oler la tapicería recalentada, preguntar para qué sirven todos y cada uno de los botones, entretenerse todo el viaje en eso y en cantar canciones de excursión. Todos menos Chencho que ya se creía mayor para esas cosas.

Pasaron los torniquetes a eso de las once de la mañana y ya se pusieron los muchachos a investigar cual era la atracción más famosa y de más emoción, la montaña rusa más alta o más rápida o si ya se había roto alguna y se había matado gente porque en ese caso era a esa a la que querían subir. No tardaron en descubrir que no, que no se había matado nadie allí, que la atracción de más éxito era una conocida como “del laberinto al trece” y que no era una montaña rusa, sino un algo que nadie les explicaba en qué consistía. En los carteles que la anunciaban tampoco ponía nada, sólo las letras con pequeños laberintos dibujados dentro. Y claro, vamos, mami, papi, queremos entrar en esa cosa a ver qué es, venga, y el Pepo con miedo pero al ver la insistencia de su hermana, tironeando de los pantalones y los padres sonriéndose entre sí aunque el Chencho dijera que no se pensaba subir a eso, fuera lo que fuera. Al final la madre se medio mosqueó y le dijo que lo hiciera por la familia, por estar todos juntos y que, si no le apetecía subir o le daba miedo que se lo pensara por el camino, pero que la cola la iba a hacer como todos. El Chencho bufó y abrió la marcha en esa dirección. Hacía un calor de mil demonios.

En la puerta de acceso había un cartel con una advertencia: “Mínimo una hora de cola”. Por lo demás no ponían problemas en cuanto a la altura o edad de los que se fueran a subir, lo que tranquilizó a los padres que ya se imaginaban un berrinche del Pepo por no poder montarse con Marujita que parecía su ejemplo a seguir en todo. Cuando Chencho vio lo de la hora mínima de cola bufó una vez más pero cedió ante los ojos suplicantes de su hermana a la que, al parecer, nadie podía negarle nada.

Pasaron por un arco por el que no parecía haber pasado nadie en siglos para dar a un camino lleno de polvo rodeado de una vegetación de lo más variopinto y exótico que iba por los dos lados de la sendita, aportando sombra. Parecía que uno se iba a adentrar en la selva. La madre observó que eran plantas autóctonas de Chile y lo dijo en voz alta. El padre dijo que, por lógica, se la habrían traído de allí y ella que lo decía nada más que por la coincidencia, que de repente iban a ir al parque temático a montarse en una cosa ambientada en Chile, vamos que como volver a casa pero con velocidad y vértigo. Nuevo bufido de Chencho seguido de un rechinar de dientes entre los que se escucha que quién les ha dicho a ellos que eso es una montaña rusa o de qué va, que lo mismo es alguna chorrada para niños y que por eso no ponen lo de la altura. Hacer como que no se le escucha para no darle un pescozón y seguir caminando entre aquellos árboles que olían como las afueras de Santiago y que recordaban a antiguas puestas de sol y a cogerse de la mano y pensar en el futuro cuando se casaran y tuvieran niños.

Al llegar al primer recodo se dieron cuenta de la cantidad de gente que había pensado ir al mismo sitio. ¿Una hora de cola? Parecía poco en realidad. Era una de esas que iban siseando cual serpiente y que siempre que parecía que ya estabas en la última vuelta de golpe descubrías que había otra por delante y más tarde otras dos. Decididamente había que armarse de paciencia. Por suerte no tardaron en llegar un par de personas más que se pusieron por detrás e hicieron ese extraño efecto espejismo en el que si tienes alguien por detrás siempre te parece menos grave tener a tantos por delante. Sacaron los bocadillos y decidieron tomárselo con humor y tranquilidad. La mayor parte del tiempo se lo pasaban parados, pero de vez en cuando caminaban unos pasitos y se volvían a detener. Dependiendo del lugar del recodo en el que hubieran quedado, les tocaba al lado una persona u otra, pero al cabo de una hora de avanzar más bien poco y de agotarse de estar de pie y al sol, casi se sabían de memoria quién les iba a acompañar unos minutos en cada momento: primero la chica alta y rubia que no parecía ir vestida adecuadamente para la ocasión con el hombre musculoso y bajito, después la familia de italianos gritones cuyos niños se empeñaban en subirse siempre a las vallas, más tarde el griego encorvado con sus dos hermanas pequeñas vestidas de azul. Y así, era fácil adivinar las nacionalidades de los compañeros de ruta y sin embargo tardaron bastante en darse cuenta de que todos eran extranjeros. A la madre eso le causó una especie de escalofrío que hizo que se pegase al padre a pesar del calor. Y él sintió por contagio ese mismo escalofrío y se puso alerta. Era difícil preguntarle qué sucedía sin alarmar a los niños, sin embargo, por esa especie de conexión que le nace a los matrimonios con los años de convivencia, no tardó en darse cuenta del pensamiento peregrino que se le había pasado a su mujer por la cabeza de forma vaga. Y pronto ese pensamiento empezó a pesar y a cobrar forma y espesor hasta convertirse en un discurso claro y obsesivo que no podía ni ignorarse ni hacerse de menos: sí, todos eran extranjeros y todos tenían ese aire como perdido que ellos mismos tenían. Todos llevaban bocadillos y cocacolas y la mayoría también niños. ¿Qué podría significar todo aquello? El padre hubiera deseado pensar que era todo una coincidencia y que era obvio que a esas alturas del año, con todo el mundo de vacaciones, la mayoría de los que paseaban por ese zigzagueante pasillo de vallas eran turistas. Y sin embargo era imposible pensar eso. De alguna forma lo único que se le venía a la cabeza era que había algo oscuro en todo aquello. La sensación se le terminó de formar cuando en el milésimo recodo del recorrido, toparon con la peruana con trenzas y el que parecía su padre y la escucharon decirle a él con su tono melodioso:

-Es curioso que hayan escogido la vegetación de Trujillo para decorar la atracción.

Y entonces sí que el escalofrío que pasó esta vez del padre a la madre y los dos que se miraron con esas caras que querían decir que, aunque no entendieran los idiomas, estaban convencidos del todo de que los italianos veían las plantas de Palermo, los griegos la de Mikonos y así. Y puede que tan ocupados estuvieran en ese pensamiento que por eso no se dieron cuenta de que el pequeño de sus hijos había desaparecido y que otros cambios, más sutiles, se estaban operando en todos ellos.

No sabían cuánto tiempo habían caminado, deteniéndose cada tanto, observando ya en silencio a los demás, que como zombis seguían caminando y deteniéndose siguiendo el ritmo predeterminado y cadencioso que toda cola tiene. Los bocadillos habían desaparecido, no recordaban haberlos comido, aunque tampoco sentían hambre ni tenían sed. El hijo pequeño había desaparecido, pero no sólo no habían notado su ausencia, sino que era como si nunca hubiera existido. No recordaban la forma en la que sus manitas cogían las cosas, ni cómo siempre hacía todo lo que su hermana le ordenaba. No eran capaces de prefigurar su rostro en sus mentes, ni de imaginar siquiera que le hubiesen puesto un nombre. Caminaban de forma pesada y de cuando en cuando se detenían bajo un sol abrasador que les cegaba y les obligaba a desear que de nuevo la cola avanzase hasta dejarlos bajo una sombra. De alguna manera, al comprender que aquella atracción estaba personalizada para cada uno, les había llegado primero el miedo y después esa calma absurda e intensa que les llenaba los sentidos y se los embotaba, como si todo estuviera donde debía estar y no hubiera que cuestionarse si eso era bueno, malo o regular. Era como con las autoridades, con el poder, con el padre o la madre cuando vivían con ellos y acataban sus órdenes sin protesta, protegidos por esa responsabilidad ajena que no había que cuestionar. Porque cuestionar era un trabajo que no merecía la pena, porque te dejaba a la intemperie y sin la calma absurda que da el que otro lo piense por ti: el laberinto de vallas extendiéndose hasta el infinito con las plantas que veían cada día cuando vivían en Santiago, con el olor embriagador que casi habían olvidado de tanto caminar en dirección contraria.

Era tranquilizador ir caminando. Ver cómo el carácter del Chencho se iba dulcificando hasta ser el del niño encantador que ellos recordaban haber dejado en Chile. Caminar con los sentidos borrachos de ver como la niña iba perdiendo las formas que había ganado, que ambos decrecían con cada pequeño avance y cada pequeño recodo. Al principio despacio, con un ritmo lento, pero luego cada vez más deprisa, como si el tiempo se hubiese invertido y utilizase el mismo ritmo equivalente que usaron entonces para crecer para encogerse esta vez, para hacerse más y más pequeños. A la niña hubo pronto que llevarla en brazos. De tanto en tanto lloraba porque los dientes se le iban metiendo dentro de las encías y les hubiera gustado poder calmarla, poder transmitirle esa tranquilidad que ellos sentían, esa paz absurda en la que sí, si el tiempo de nuevo se diera la vuelta, volvería quizá a nacer si ellos, claro está, ponían cuidado en hacer todo de la misma forma. Pero ese pensamiento tampoco tardó en desaparecer, con la misma facilidad con la que los pensamientos se crean y desaparecen en la juventud para terminar formando una amalgama despreocupada. Y cuando la niña fue primero tripa redonda en la madre y poco a poco también desapareció, ya no tenía ningún sentido el pensar en hacer de nuevo las mismas cosas y los mismos niños, puesto que ella jamás había existido todavía.

Se recreaban en besarse y en acariciarse, en ver cómo la vegetación se iba haciendo más y más densa a su alrededor al mismo ritmo que todas las marcas de expresión iban desapareciendo de sus rostros y el Chencho necesitaba ayuda para caminar sin caerse. Era de lógica que pronto a él tampoco le sostuviesen las piernas. Ya no veían a los compañeros de cola, ni podían descifrar sus voces confusas en mil idiomas, sorprendidos y ebrios ellos también seguramente de todo lo que les estaba sucediendo. No importaba ya cuánto tiempo llevaban avanzando. Al hijo mayor pronto no lo recordaron tampoco y caminaban de la mano, de pronto a un ritmo despejado, sin paradas intermedias ni rítmicas. Se apoyaron el uno en el otro y sintieron todo ese amor de la primera vez, del primer beso, de la primera caricia furtiva. Sintieron el miedo a que sus padres les pillasen y después, cuando la atracción se abrió ante ellos, vieron las casas de Santiago, amontonadas como cajas pintadas, o eso le gustaba pensar a ella, se miraron y no se reconocieron el uno en el otro, adolescentes con ropas demasiado grandes y los pies sucios de haber estado subiéndose a los árboles en algún momento. Sus dedos de desenlazaron y, sin mirarse ni echarse de menos, ella caminó hacia Juan Esteban Montero y él hacia Martín Alonso Pinzón sin una palabra de bienvenida o despedida, sin echarse de menos y sin conocerse siquiera, pensando tan sólo en decrecer hasta el trece y llevar coletas o pantalón corto y alzarle la falda a las chicas entre las risas regocijadas de Rodrigo y Alfonso y Nicolás.